Historias de Hospedajes - Ciudad de México II

De vuelta a la academia

Se sentía un clima de nostalgia, una nueva perspectiva que afloraba a través de una visión curtida por haber experimentado tanto, y ahora regresar al origen.

Tras un extenso viaje por diferentes estados de México, volvía al cruce de las avenidas José María Izazaga y Eje Central, en la capital. Aquel hostal edificado en medio del caos, me esparaba nuevamente, no sin nuevas sorpresas, como una habitación distinta que me era asignada. Desgraciadamente, mucho más chica, casi laberíntica, entre literas apiladas como latas de sardinas dificultando el paso. Casi vacía, sólo un viajero presente. Aquel moreno de enormes dimensiones trabajaba como guardia de seguridad en una penitenciaría, y sin siquiera conocerme, me interrogaba sobre infinitos asuntos personales. 

Durante ese primer día, no perdí demasiado tiempo en el hostal, estaba muy ocupado volviendo a encontrarme con viejos amigos. Aunque al volver, horas más tarde, descubrí que todos los ventiladores no funcionaban, y que la única ventana presente estaba cerrada. Edward argumentaba que los bichos entrarían a devorarlo durante la madrugada, por tanto era preferible dormir en total hermetismo. Paradójicamente, ninguna de estas locuras me sorprendió tanto como ver su mochila desparramada por toda la cama, junto con el resto de sus pertenencias... mientras él dormía plácidamente sobre el suelo de madera, sin más que la almohada tras su cuello, y una sábana que le rendía abrigo. 

Por la mañana, llegó un individuo de dudosa higiene y excesivo peso, escoltado por otro huésped que dejaba caer sus maletas como piedras sobre el asfalto. Aterrado ante la sobrepoblación del lugar, sumado a la imposibilidad de los trabajadores por realizar mantenimiento a la ventilación, cambié exitósamente de habitación. Tan sólo me pregunto ¿a qué horrores desmedidos me hubiese visto envuelto al permanecer en aquel circo?

Mocos entre libros

Uno podría suponer que entre las consecuencias del Covid-19, muchas personas comenzamos a ser más conscientes de la limpieza de nuestras manos, higienizar espacios u objetos, y sobre todo creció el sentido de alerta ante el menor síntoma de enfermedad. Sin embargo, parece que esta tendencia no aplica para una porción de la población. 

Hago esta cita en referencia a un episodio vivido en la biblioteca, uno de los espacios más acogedores del Selina. Allí revoloteaban, de forma constante, un grupo de personas realizando cualquier actividad menos entregar los ojos a las páginas de un libro.

Aquella mañana, a la que me refiero, tal conjunto de pequeñas mesas rodeadas por cómodos sillones, de frente a estanterías repletas de libros, albergaban a los tres individuos que compartíamos ambiente, entre trabajo y ocio. Personalmente, el tiempo pasaba lento, esperando una reunión de trabajo, intentando ser productivo en el interín, acompañado en la mediana distancia por un par de fríos europeos.

Súbitamente, dos rubias de estatura media y acento californiano irrumpen en el espacio, conversando entre ellas. Ante la mirada indiferente de los presentes, toman asiento de espaldas al balcón. Alguna charla superflua que se corta no pasados cinco minutos, cuando comienza una batalla de tos entre ambas. Ninguno de aquellos alaridos expulsores de gérmenes fue contenido por antebrazo alguno, o cualquier forma de pañuelo. 

Inmediatamente, el más cauto de los testigos, pudoroso ante la inminente amenaza, huye mirando despectivamente a la pareja. Yo le seguí poco después, idnignado por semejante ignorancia y falta de responsabilidad. ¿Qué habrá sido del último que quedó en la habitación? Nunca lo sabré. Quizás fue devorado por las garras del virus, falleciendo semanas después. No obstante, las chicas siguieron paseándose por pasillos del Selina, como una caravana ambulante de mocos.

Sin más que hacer

Con el tiempo, uno llega a adaptarse a personajes excéntricos, a los desconsiderados que no limpian sus platos tras usarlos, y a montañas de suciedad en cuartos compartidos. Ocasionalmente, sin embargo, aparece algún pez raro que forza las barreras de la tolerancia, y así se cuela sin remedio entre estas historias. 

En lo que a esta respecta, el protagonista proviene de Los Ángeles. Otro americano más descubriendo las bondades del país vecino, y así con suerte borrar el estereotipo pistolero con que se estigmatiza a la región. El sujeto en cuestión tenía estatura promedio, cabello castaño, profusa barba, y rondaba los cuarenta y tantos años. Parecía ser amistoso, aunque mucho no salía, y en las noches deslumbraba con un excelso show.  

Aquella madrugada, que repentinamente lo noté, comenzó el disturbio al encenderse la luz de su litera.  Nadie parecía percibirlo, excepto por mi, que prestaba atención entre las sombras. A partir de allí, una serie de inquietudes se abrió paso ante lo que evidentemente era un trastorno de sueño. Curioso cae de bruces en la pantalla del celular, explorando todo el contenido de la internet hasta que finalmente lo agota. Tiempo después, empezó a arrastrarse hacia otras literas, acostándose en alguna cama ajena a la suya. El fenómeno, a pesar de irritante, era fascinante a la vista, como un pequeño duende que se pasea sigiloso al ritmo de sus travesuras, entre reiteradas idas y venidas a lo largo del pasillo, cada vez más agónicas. Finalmente, cerró con osadía la faena al quedarse dormido calzando sus mugrosos zapatos encima de la cama.

Aquel tipo se me hacía de lo más desesperante, por suerte, darle la espalda y escuchar música al dormir fue suficiente para ignorarlo en noches sucesivas. 

Escándalo nocturno

En la oscuridad de la habitación misteriosamente vacía, corrían las 2:00 am de un día de semana. Reposaba plácidamente, agotado por un día ajetreado, esperando la llegada del alba para trabajar a primera hora. La música sonaba armoniosamente a través de los audifonos, una simple excusa para aislarse del resto del mundo, y los posibles ruidos que amanasen de algún molesto ser que se atreviera a perturbar la calma de la madrugada. El aire fluía con calma en aquella época invernal, brindando un acogedor clima nocturno. Aunque los mosquitos rondaban, dispuestos a completar la jornada laboral.  

De repente, toda tranquilidad muere a raíz de un torpe estruendo. Proviene de la puerta, en forma de bruscos movimientos que parecen luchar contra la cerradura. Hasta que finalmente, el pomo cede y da paso una figura espectral, fuera de lo común. El individuo en sí, de estatura promedio, arropado por una chaqueta de cuero, sombrero de ala ancha y botas negras, se desplaza tambaleante un par de metros al interior. Viene acompañado de una chica, no distinguible ante la ciega oscuridad. Van conectados por sus manos, en una humilde procesión que se dirige al cuarto de baño. 

Par de minutos se consumen, y comienza la indignante escena de tragedia. Desconcertado, espero unos instantes, sólo para asegurarme de estar presenciando un momento tan bochornosamente insólito. La ira fluyendo por las venas contra aquel indecoroso personaje, que decidió suspender la paz de la madrugada con el propósito de saciar sus egoístas deseos en los confines del mugroso baño de la habitación. Mientras tanto, la estrecha puerta de madera desprende sonidos y gemidos reprimidos. 

Sin más opciones, salgo de la cama fúrico y  sediento de venganza. No medio palabras ni pienso en comunicarme con los responsables del acto. Despiadadamente voy escaleras abajo, directamente hasta recepción, donde expreso de forma fría y calmada la situación que recién presenciaba, ansioso por estropearle la fiesta a la olvidable dupla. 

El administrador ingenia un plan, y me pide que vuelva a la habitación. Poco después, se abre la puerta, iniciándose una inspección sorpresa en el lugar. Del otro lado, cesan los sonidos y se avecina lo inevitable. Tras escuchar los golpes en la puerta del baño, aquel oscuro, y visiblemente ebrio personaje se disculpa, balbuceando palabras incomprensibles. Minutos transitan en una discusión sin bases. La chica, desconcertada, no muestra su identificación y es desalojada por no estar hospedada en el Selina. Finalmente, su fiel príncipe es multado por el percance y violación de las normas. Terminado el espectáculo, continuo durmiendo con una sonrisa en el rostro.

Al día siguiente, según supe, aquel chico abandonó el hostal, colmado por la vergüenza que suscitó el día anterior. Aunque eso no disminuyó el olor a vómito que dejó en la céramica. 

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