Más que piedras y arena
Diciembre 29, 2018
La mañana de ese día, la atmósfera tenía el tinte característico de cada uno de mis viajes, ansiedad por ponernos en movimiento lo más pronto posible, pues mejor llegar temprano que perder un boleto. Y la verdad, tenía razón, pues resultó ser la previsión de todas las situaciones que tuvimos que pasar; esas inesperadas filas para sellar pasaporte en la aduana brasileña, y el pánico para cruzar al país vecino, a sabiendas que nuestros estados se encuentran en alerta por fiebre amarilla (por lo menos São Paulo y Minas Gerais) según indicaba un envejecido papel en la puerta. Afortunadamente, resultó ser sólo un susto, así que conseguimos llegar al terminal, no sin antes haber bajado erradamente cuatro bloques más atrás de donde debíamos, y por consiguiente teniendo que apretar el paso por las calles.
Así fue el entusiasmante comienzo por adentrarnos en la vías de esta región, donde no existe transporte directo y cada pueblo dispone de un terminal de pasajeros en forma de un par de locales con venta de boletos frente a un punto de autobús, creando decenas de posibles estaciones para dejar o recoger viajeros a lo largo de la ruta.
En el trayecto, recorrimos varias horas divisando a cada lado extensiones enormes de tierra fértil y ocasionalmente fábricas procesadoras de lo que probablemente fuese soya. Además, gozamos de la oferta de vendedores de chipas (especie de pan con base en mandioca y queso), agua y otras chucherías, que recorrían el bus en búsqueda de compradores.
Nos dirigíamos a Encarnación, pero no sin antes parar en otro distrito del departamento de Itaipúa llamado Trinidad (a unos 45 kilómetros al noreste). Entre sus confines fuimos a recorrer las reconocidas Ruinas Jesuíticas de Santísima Trinidad del Paraná, patrimonio cultural de la humanidad, cuya área se extiende por 13 hectáreas en un espacio de terreno que permite distinguir entre escuelas, casas, iglesias, y otros tipos de construcciones.
La mañana de ese día, la atmósfera tenía el tinte característico de cada uno de mis viajes, ansiedad por ponernos en movimiento lo más pronto posible, pues mejor llegar temprano que perder un boleto. Y la verdad, tenía razón, pues resultó ser la previsión de todas las situaciones que tuvimos que pasar; esas inesperadas filas para sellar pasaporte en la aduana brasileña, y el pánico para cruzar al país vecino, a sabiendas que nuestros estados se encuentran en alerta por fiebre amarilla (por lo menos São Paulo y Minas Gerais) según indicaba un envejecido papel en la puerta. Afortunadamente, resultó ser sólo un susto, así que conseguimos llegar al terminal, no sin antes haber bajado erradamente cuatro bloques más atrás de donde debíamos, y por consiguiente teniendo que apretar el paso por las calles.
Así fue el entusiasmante comienzo por adentrarnos en la vías de esta región, donde no existe transporte directo y cada pueblo dispone de un terminal de pasajeros en forma de un par de locales con venta de boletos frente a un punto de autobús, creando decenas de posibles estaciones para dejar o recoger viajeros a lo largo de la ruta.
En el trayecto, recorrimos varias horas divisando a cada lado extensiones enormes de tierra fértil y ocasionalmente fábricas procesadoras de lo que probablemente fuese soya. Además, gozamos de la oferta de vendedores de chipas (especie de pan con base en mandioca y queso), agua y otras chucherías, que recorrían el bus en búsqueda de compradores.
Nos dirigíamos a Encarnación, pero no sin antes parar en otro distrito del departamento de Itaipúa llamado Trinidad (a unos 45 kilómetros al noreste). Entre sus confines fuimos a recorrer las reconocidas Ruinas Jesuíticas de Santísima Trinidad del Paraná, patrimonio cultural de la humanidad, cuya área se extiende por 13 hectáreas en un espacio de terreno que permite distinguir entre escuelas, casas, iglesias, y otros tipos de construcciones.
Sólo andar por estos pasillos de piedra ennegrecida por el paso de los años, con rastros de actividad vegetal que crece entre ellos, y que albergan pequeñas especies voladoras y arácnidos que desconocen el significado histórico de la localidad donde se encuentran, es una idea muy romántica de cómo la vida se abre entre los vestigios del tiempo.
El ardiente sol no nos impidió transitar entre estos muros de roca, pese a que estábamos cubiertos de sudor y protector solar para intentar soportar los amargos rayos ultravioleta. Aún así, posar la mano en estas paredes y colocar el rostro sobre ellas para escuchar el silencio, es una sensación que no tiene precio y transporta cientos de décadas a un pasado remoto.
Sin duda, es conmovedor observar murallas de decenas de metros, figuras de ángeles, grandes muestras arquitectónicas de una época donde la funcionalidad de las edificaciones tenía tanto valor como la belleza que se imprimía en ellas. Este recinto embarca a la reflexión, es un recorrido nostálgico, aún más cuando se entra en la cripta, único lugar donde la temperatura baja drásticamente. Allí, la historia se puede sentir en el aire, casi humedeciendo con sus huellas.
De esta manera, volviendo a la carretera, no sin antes recargar de agua cuanta cantimplora tuviésemos en nuestras mochilas y habiendo comido algunos sandwiches caseros junto a mucha mantequilla de maní, esperábamos al flamante bus que continuara nuestra jornada por este distrito.
Poco después de una hora, especulando cómo cada vez estábamos más cerca de un destino del cual no investigué prácticamente nada, quizás intentando sorprenderme ante lo que pudiera encontrar entre sus secretos, como ese espectador que se impresiona ante un truco de magia. Justamente, llegó ese instante donde una sorpresa se presentó imponente al llegar entre la Avenida Caballero, que a sus faldas exhibe el maravilloso despliegue del Río Paraná bajo el Puente Santa María, ¡bienvenidos a Encarnación!.
Poco después de una hora, especulando cómo cada vez estábamos más cerca de un destino del cual no investigué prácticamente nada, quizás intentando sorprenderme ante lo que pudiera encontrar entre sus secretos, como ese espectador que se impresiona ante un truco de magia. Justamente, llegó ese instante donde una sorpresa se presentó imponente al llegar entre la Avenida Caballero, que a sus faldas exhibe el maravilloso despliegue del Río Paraná bajo el Puente Santa María, ¡bienvenidos a Encarnación!.
La emoción se presentaba entre calles y cruces que se intersectaban no muy diferentes a lo que ya distingue a América Latina, mientras la ansiedad crecía por conocer nuestro lugar de desembarque en el centro, próximo al hostel donde nos recibiría Iván, nuestro anfitrión en la ciudad.
Una vez allí, moviéndonos entre pequeños comercios, localizamos resguardarnos de la agobiante temperatura, que increíblemente empeoró tras una tormenta que nos dejó gran cantidad de lluvia atrás. Entre los muros del hostel, tatuados por la estadía de personas de todo el mundo en forma de billetes de cada país, pudimos conversar con la recepcionista, descubriendo de a poco un territorio que vive una etapa de despliegue de fuerza policial en forma de los llamados "linces", tan apoyados como rechazados por la ciudadanía. Igualmente, el servicio militar obligatorio ha sido ampliamente repudiado, en esta república que se enfrenta a las mismas dificultades que tiene el resto de América Latina en torno al sistema de educación, salud y economía.
Esta oportunidad de interactuar fue clave para entender mucho sobre Paraguay, un lugar tradicional en demasiados aspectos, con la tendencia de los pobladores por querer permanecer dentro de su país, contrastando con la apertura económica que vemos en Ciudad del Este.
Más allá de ello, su preciada cultura permite comprender que no somos nada diferentes de este lado del mundo, a pesar de que en esta región todos comparten la misma cerveza, que va rotando al acelerado ritmo que cada uno bebe de ella, siendo de mala educación demorar para entregarla a los demás. Lo mismo ocurre con el tereré, el cual fue servido con sus refrescantes características de infusión fría, que en principio percibí un tanto fuerte, como con un gusto a yerba muy amarga, pero que luego va amainando a medida que va siendo consumido, hasta tornarse una suave bebida que envicia.
Esta oportunidad de interactuar fue clave para entender mucho sobre Paraguay, un lugar tradicional en demasiados aspectos, con la tendencia de los pobladores por querer permanecer dentro de su país, contrastando con la apertura económica que vemos en Ciudad del Este.
Más allá de ello, su preciada cultura permite comprender que no somos nada diferentes de este lado del mundo, a pesar de que en esta región todos comparten la misma cerveza, que va rotando al acelerado ritmo que cada uno bebe de ella, siendo de mala educación demorar para entregarla a los demás. Lo mismo ocurre con el tereré, el cual fue servido con sus refrescantes características de infusión fría, que en principio percibí un tanto fuerte, como con un gusto a yerba muy amarga, pero que luego va amainando a medida que va siendo consumido, hasta tornarse una suave bebida que envicia.
No tengo duda de que durante esta etapa de nuestro recorrido por el corazón de Sudamérica, viví los momentos más increíbles de la travesía. Basta con presenciar aquella costanera paraguaya que muestra los atardeceres más increíbles que he visto, de cara a Posadas (Argentina) como fondo. Simplemente las combinaciones entre claros que van menguando ante la ausencia de luz, tiñendo el cielo con tantos tonos de azul, amarillos, rojos y grises, es un panorama adictivo del cual orgullosamente gasté enorme cantidad de tiempo sólo contemplando, mientras la vida iba pasando.
En nuestros siguientes días, el correr de las horas dentro de esta ciudad nos fue cambiando sin notarlo, sólo transmitiendo alegría en forma de sus maravillosas playas, con su agradable agua tibia de río que nos cubrió de júbilo después de tanto tiempo sin hallarnos en ninguna costa o algo que se asemejase. Conocimos dos de estas orillas de arena artificial, San José y Mboi Ka`ê, de bastante parecido entre ellas salvo por la cantidad de personas que concurren en ambas, sobre todo la última, un poco más recóndita y pesarosa de visitar a nuestra velocidad, aunque valió totalmente el esfuerzo.
Nos pareció curioso como nadie frecuenta las costas a lo largo del día salvo al caer la tarde y aproximarse la noche, gracias al calor que derrite con su sensación térmica de 40 grados o más. A pesar de esto, nuestros días circularon al margen de esta costanera, incluyendo el fin de año junto a cientos de personas reunidas con su propio ambiente musical, comida y bebida, retratando toda una escena familiar que se cubrió bajo las luces y el estruendo de los fuegos artificiales que continuaron por largo tiempo encendiendo de colores las capas del cielo.
En nuestros siguientes días, el correr de las horas dentro de esta ciudad nos fue cambiando sin notarlo, sólo transmitiendo alegría en forma de sus maravillosas playas, con su agradable agua tibia de río que nos cubrió de júbilo después de tanto tiempo sin hallarnos en ninguna costa o algo que se asemejase. Conocimos dos de estas orillas de arena artificial, San José y Mboi Ka`ê, de bastante parecido entre ellas salvo por la cantidad de personas que concurren en ambas, sobre todo la última, un poco más recóndita y pesarosa de visitar a nuestra velocidad, aunque valió totalmente el esfuerzo.
Nos pareció curioso como nadie frecuenta las costas a lo largo del día salvo al caer la tarde y aproximarse la noche, gracias al calor que derrite con su sensación térmica de 40 grados o más. A pesar de esto, nuestros días circularon al margen de esta costanera, incluyendo el fin de año junto a cientos de personas reunidas con su propio ambiente musical, comida y bebida, retratando toda una escena familiar que se cubrió bajo las luces y el estruendo de los fuegos artificiales que continuaron por largo tiempo encendiendo de colores las capas del cielo.
Fueron días mágicos, pero claro que no todas nuestras horas fueron tan tranquilas como aparentan, sobre todo cuando nuestro anfitrión no conseguía disfrutar sin beber alcohol, lo cual no tenía cabida dentro de un presupuesto que nos tenía con base en una dieta de pasta, pan y yogurt para sobrevivir, mientras que todo intento por comprar verduras resultaría muy costoso. Este panorama desembocó en una noche acelerada siendo invitados a varias rondas de Cerveza Pilsen Paraguaya, al ritmo del reggaeton y la cumbia que ni soñando escucharíamos en Brasil; parecía ser algo necesario de toda aventura, con todo y que terminaría con consumo de sustancias ilícitas y mi particular paranoia por la policía, la cual por cierto, estaba en todas partes. Siendo una ocasión para sentirse de cualquier forma menos relajado, en medio de un show de tambores en la playa donde nuestro amigo Iván era el único que daba vueltas, gritaba, y bailaba con un aspecto notablemente fuera de sí, además de estar acompañado por mis dos compañeros, formando la escena de los tres chiflados borrachos con las manos en los hombros dispuestos a tocar y cantar en el bar más cercano.
Estas vivencias eran el sello final, coronadas por tereré, playas, atardeceres y experiencias que fueron la cima de nuestra marcha en Paraguay. Recuerdo que aquella última noche, sin una sola gota de alcohol en las venas, bailamos como si no hubiera un mañana, al ritmo de algunos DJs paraguayos y argentinos. Esa madrugada, sería nuestra despedida de Gabriel, quien regresaba a Foz de Iguaçu, mientras que Francisco y yo nos dirigimos a nuestra última parada, Asunción.
Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina, es mortal.
Nothing behind me, everything ahead of me, as is ever so on the road.
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