Más que costanera
Diciembre 30, 2018
No puedo afirmar que todo viaje pasa por un desliz, un traspié dentro de lo planificado. Tal cosa sería una tragedia insufrible para los aventureros que huímos de rutinas y nos lanzamos fuera de la zona de confort. Lo que sí es cierto, es que no todos los viajes resultan como los prevemos; la muestra que recibí de ello provino de Posadas, Argentina.
Por aquellos días, la costanera paraguaya divisaba un fondo argentino al margen de Encarnación. Tenía forma de decenas de rascacielos que se matizaban entre los diversos colores del atardecer o se encendían con vibrantes puntos de luz en el medio de la noche. Ninguno de nosotros esperaba que Posadas se mostrara tan llamativa a la distancia. Sólo habíamos imaginado una costa con diversos monumentos, un sol radiante y el desbordante agua del Paraná.
Cruzar hacia aquel litoral del país de Cortázar ya había sido contemplado antes de dirigirnos a Paraguay, aunque nos asaltaban las dudas de cuándo hacerlo. Nuestro anfitrión aconsejaba no atravesar el día domingo, sólo que nuestro itinerario estaba trazado con una precisión quirúrgica, y no teníamos demasiadas opciones, así que nos entregamos al destino y visitamos un día antes de fin de año.
Cruzar hacia aquel litoral del país de Cortázar ya había sido contemplado antes de dirigirnos a Paraguay, aunque nos asaltaban las dudas de cuándo hacerlo. Nuestro anfitrión aconsejaba no atravesar el día domingo, sólo que nuestro itinerario estaba trazado con una precisión quirúrgica, y no teníamos demasiadas opciones, así que nos entregamos al destino y visitamos un día antes de fin de año.
Esa mañana, Argentina recibía nuestros pasaportes con un nuevo sello entre los comentarios atorrantes del personal de aduana, que dan pie a la mala reputación del pueblo argentino. No obstante, esto sería de poca importancia, pues terminamos varados en las inmediaciones del cruce, mientras Gabriel había conseguido seguir en el mismo autobús que nos trajo, ese que todos los amateurs en esta frontera creíamos iba a esperar que sus pasajeros atravesaran migración para arrancar.
De esta manera, el revés de tan inesperada situación nos mantuvo en vilo por poco más de quince minutos, hasta que finalmente estuvimos en marcha por calles que se copaban de diferencias en su arquitectura, su gente, los vehículos y acentos que empezaban a llegar a nuestro campo de percepción.
Tras arribar al terminal, buscamos ansiosamente a nuestro perdido compañero, pero no había menor rastro de él, y sucumbimos a transitar aquellas ardientes calles hasta llegar a la costanera.
Entre agua y aceras hirvientes, el ánimo decaía y nos encontrábamos sin rumbo en esta ciudad desértica no sólo por ser domingo, sino por descubrir que la mayoría de los locales abre al final de la tarde y cierra en la noche. No obstante, hubo un pequeño pico de felicidad cuando logramos encontrar a Gabriel tomando fotos al mar, con su camisa estampada y su sonrisa característica. Fue sin duda un momento de genuino asombro por haber coincidido de forma inesperada.
Tras esta pausa jolgórica, decidimos dar unas vueltas por la ciudad. Realmente fue poco lo que vimos, Posadas parece un lugar tranquilo, con una costa de enorme espacio para practicar deportes o pasear, siendo el resto simplemente definido por una ciudad que según los mismos argentinos no caracteriza al país.
Todo este interludio de intentos de recorrido sólo estarían alargando el proceso gradual que nos encaminó de vuelta al cruce del Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz (única hazaña de este pequeño trascurso), que se mantiene en mi fondo de pantalla.
Entre agua y aceras hirvientes, el ánimo decaía y nos encontrábamos sin rumbo en esta ciudad desértica no sólo por ser domingo, sino por descubrir que la mayoría de los locales abre al final de la tarde y cierra en la noche. No obstante, hubo un pequeño pico de felicidad cuando logramos encontrar a Gabriel tomando fotos al mar, con su camisa estampada y su sonrisa característica. Fue sin duda un momento de genuino asombro por haber coincidido de forma inesperada.
Tras esta pausa jolgórica, decidimos dar unas vueltas por la ciudad. Realmente fue poco lo que vimos, Posadas parece un lugar tranquilo, con una costa de enorme espacio para practicar deportes o pasear, siendo el resto simplemente definido por una ciudad que según los mismos argentinos no caracteriza al país.
Todo este interludio de intentos de recorrido sólo estarían alargando el proceso gradual que nos encaminó de vuelta al cruce del Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz (única hazaña de este pequeño trascurso), que se mantiene en mi fondo de pantalla.
Con el tiempo he llegado a reflexionar sobre esta experiencia, que sin duda nos afectó a todos de manera diferente. No obstante, compartimos expectativas creadas a partir de los días anteriores en Encarnación, observando un plano vertical de edificaciones que formaban lo que parecía una ciudad increíble.
Por suerte, este obstáculo no opacó nuestra travesía, a poco más de cinco horas de Asunción, capital de Paraguay, un lugar que nos adelantaba la mayor cantidad de museos y posibles actividades que tendríamos durante nuestra estadía.
Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina, es mortal.
Nothing behind me, everything ahead of me, as is ever so on the road.
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