Más que una capital
Enero 02, 2019
Asunción nos va rodeando, esparce su aura capitalina, llena de diferentes comercios, autos y transeúntes. Sentimos el trajín del terminal, plagado de vendedores y personas que van y vienen. Al instante nos ponemos en marcha, contactamos a nuestros amigos y emprendemos la misión de tomar un autobús al centro.
La vista se distrae, nada parece estar fuera de lo cotidiano, salvo por su extensión, la de la mayor ciudad de Paraguay. Sin lugar a dudas nos vemos rodeados por un popurrí de diferentes realidades encerradas, que corren a un ritmo semejante al de Ciudad del Este, sólo que con múltiples diferencias. El calor va derritiendo a los pasajeros, acostumbrados a la forma infernal de manejo de los conductores y a esta ruta que probablemente siguen a diario.
El urbanismo es latente, a pesar que cada barrio muta con colores diferentes en esta camaleónica localidad, presentando desde grandes mercados populares hasta las zonas más tranquilas llenas de centros comerciales y hoteles. No sería la última vez que vería este tipo de escenario, a diferencia que aquí parece ser más homogéneo y menos resaltante. Aunque no podemos dudar del contraste social tan evidente, con uno de los mayores índices de autos per cápita en América, mientras que la miseria de cientos de indigentes se desangra entre las plazas y calles de Asunción.
Durante estos días supimos aprovechar el tiempo y las amistades en esta zona. Los que antes eran viajes más solitarios se transformaron en paseos grupales en un deteriorado centro que muestra su precariedad como parte de su encanto, con grandes graffitis tatuando las paredes, contorneados por bancos, casas de cambio, restaurantes y personas. Las edificaciones modernas se abren como pequeñas ventanas de tiempos más avanzados de frente a monumentos, palacios y sitios condimentados por una arquitectura más añeja.
Los días se destinaron a visitas históricas al Panteón de los héroes, Palacio de López, Museo Casa de la Independencia, y tantos más que representan una muestra preservada para exhibir la historia de la nación. Sin embargo, uno de los momentos más sagrados fue enfrentarse a la Bahía de Asunción, que se crea a partir del río Paraguay y bifurca la tierra en aquellos kilómetros de costa a un lado de la vía, brindando así un espacio a la actividad humana que va paseándose lentamente o de forma más acelerada, coronada por la sombra de los espectaculares atardeceres que se producen aquí.
Asunción está llena de sorpresas, y nos entregaría más cuando visitamos Areguá (a unos 28 kilómetros), con sus magníficos tonos verdes provenientes de la naturaleza y casas que atrapan la atención. Siendo también sinónimo de artesanía y cerámica, con calles vestidas de pies a cabeza por artesanos ofertando sus piezas únicas, exhibiciones repletas del sentir de la región.
Nuestro paseo por Areguá nos entregó también al fantástico Lago Ypacaraí, uno de los mayores del país, con una visión amplia de la serena naturaleza que baña a los locales en sus contaminadas costas y permite un halo de tienditas que crecen para los visitantes.
Igualmente, sólo estando en esta ciudad pude palpar la gran cantidad de leyendas que configuran el inmenso folklore guaraní, muestra de la imaginación y creatividad de sus antiguos pobladores. Tal es el caso de El Pombero, una especie de duende que habita el bosque y cuida de la flora y la fauna.
No pudimos conocerlas todas y sumergirnos en sus historias, pero es indudable que están tan presentes en la cultura paraguaya que de hecho se pueden encontrar figuras representativas a ellas en algunos locales comerciales y restaurantes tradicionales. Dicho sea de paso, en uno de estos acabamos por probar la culinaria local, que entrega opciones como Chipas (tipo de pan hecho con base en almidón de mandioca y queso duro), Mbeju (tortilla de almidón de mandioca y queso), Chipa Guasú (torta de maíz cocida), y otras preparaciones que se fundamentan en el maíz y mandioca. Pero aquello que más me sorprendió fue el tereré y el cocido (mate cocido con leche).
Fue toda una experiencia, un viaje que se extendió hasta llegar a este final mágico. Paraguay se convertía en el tercer país que he podido recorrer. No sabría referirme correctamente al impacto que tuvo en mí experimentar tantas vivencias dentro de su tierra, maravillarme por sus costumbres, tradiciones y paisajes. Sólo sé que cuando regresé a Belo Horizonte, Brasil, ya no era la misma persona y eso se lo debo a Foz de Iguaçu y Paraguay.
Asunción nos va rodeando, esparce su aura capitalina, llena de diferentes comercios, autos y transeúntes. Sentimos el trajín del terminal, plagado de vendedores y personas que van y vienen. Al instante nos ponemos en marcha, contactamos a nuestros amigos y emprendemos la misión de tomar un autobús al centro.
La vista se distrae, nada parece estar fuera de lo cotidiano, salvo por su extensión, la de la mayor ciudad de Paraguay. Sin lugar a dudas nos vemos rodeados por un popurrí de diferentes realidades encerradas, que corren a un ritmo semejante al de Ciudad del Este, sólo que con múltiples diferencias. El calor va derritiendo a los pasajeros, acostumbrados a la forma infernal de manejo de los conductores y a esta ruta que probablemente siguen a diario.
El urbanismo es latente, a pesar que cada barrio muta con colores diferentes en esta camaleónica localidad, presentando desde grandes mercados populares hasta las zonas más tranquilas llenas de centros comerciales y hoteles. No sería la última vez que vería este tipo de escenario, a diferencia que aquí parece ser más homogéneo y menos resaltante. Aunque no podemos dudar del contraste social tan evidente, con uno de los mayores índices de autos per cápita en América, mientras que la miseria de cientos de indigentes se desangra entre las plazas y calles de Asunción.
Durante estos días supimos aprovechar el tiempo y las amistades en esta zona. Los que antes eran viajes más solitarios se transformaron en paseos grupales en un deteriorado centro que muestra su precariedad como parte de su encanto, con grandes graffitis tatuando las paredes, contorneados por bancos, casas de cambio, restaurantes y personas. Las edificaciones modernas se abren como pequeñas ventanas de tiempos más avanzados de frente a monumentos, palacios y sitios condimentados por una arquitectura más añeja.
Los días se destinaron a visitas históricas al Panteón de los héroes, Palacio de López, Museo Casa de la Independencia, y tantos más que representan una muestra preservada para exhibir la historia de la nación. Sin embargo, uno de los momentos más sagrados fue enfrentarse a la Bahía de Asunción, que se crea a partir del río Paraguay y bifurca la tierra en aquellos kilómetros de costa a un lado de la vía, brindando así un espacio a la actividad humana que va paseándose lentamente o de forma más acelerada, coronada por la sombra de los espectaculares atardeceres que se producen aquí.
Asunción está llena de sorpresas, y nos entregaría más cuando visitamos Areguá (a unos 28 kilómetros), con sus magníficos tonos verdes provenientes de la naturaleza y casas que atrapan la atención. Siendo también sinónimo de artesanía y cerámica, con calles vestidas de pies a cabeza por artesanos ofertando sus piezas únicas, exhibiciones repletas del sentir de la región.
Nuestro paseo por Areguá nos entregó también al fantástico Lago Ypacaraí, uno de los mayores del país, con una visión amplia de la serena naturaleza que baña a los locales en sus contaminadas costas y permite un halo de tienditas que crecen para los visitantes.
Igualmente, sólo estando en esta ciudad pude palpar la gran cantidad de leyendas que configuran el inmenso folklore guaraní, muestra de la imaginación y creatividad de sus antiguos pobladores. Tal es el caso de El Pombero, una especie de duende que habita el bosque y cuida de la flora y la fauna.
No pudimos conocerlas todas y sumergirnos en sus historias, pero es indudable que están tan presentes en la cultura paraguaya que de hecho se pueden encontrar figuras representativas a ellas en algunos locales comerciales y restaurantes tradicionales. Dicho sea de paso, en uno de estos acabamos por probar la culinaria local, que entrega opciones como Chipas (tipo de pan hecho con base en almidón de mandioca y queso duro), Mbeju (tortilla de almidón de mandioca y queso), Chipa Guasú (torta de maíz cocida), y otras preparaciones que se fundamentan en el maíz y mandioca. Pero aquello que más me sorprendió fue el tereré y el cocido (mate cocido con leche).
Fue toda una experiencia, un viaje que se extendió hasta llegar a este final mágico. Paraguay se convertía en el tercer país que he podido recorrer. No sabría referirme correctamente al impacto que tuvo en mí experimentar tantas vivencias dentro de su tierra, maravillarme por sus costumbres, tradiciones y paisajes. Sólo sé que cuando regresé a Belo Horizonte, Brasil, ya no era la misma persona y eso se lo debo a Foz de Iguaçu y Paraguay.
Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina, es mortal.
Nothing behind me, everything ahead of me, as is ever so on the road.
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