Ante todo, capital

05 de Junio, 2019

Ya estaba a las afueras de Tres Cruces (el terminal de ómnibus más importante del país), recién había aterrizado en Montevideo. La travesía empezaba y tocaba dirigirse a Aguada, un barrio de clase media dentro de la capital.

— Está salado, pero tá, yo qué sé.
— Te animás a ir al club? Está de más.

Dos uruguayos intercambiaban palabras a mi lado, ante el paisaje que parecía irónicamente sosegado dentro de estas concurridas avenidas. Observaba el ambiente y se consumían los minutos. Sólo podía pensar que de llegar a ser algo, este lugar no sería un amor de verano, pues la temperatura circundaba en unos quince grados centígrados y continuaba descendiendo... Pero justo en el medio de tales cuestionamientos, se acercaba a la distancia aquel pedazo de carrocería un tanto envejecido, miembro de un sistema de transporte público confuso que ya tendría más tiempo de analizar. Al subir, todos pagaban, recibían un comprobante de compra del boleto, lo cual obedecía a normas de fiscalización y de supuestas ocasiones en que algún oficial pudiera pedir dicho papel a cualquier pasajero.

Afuera, la escena transcurría con aquella paleta de colores que ya iba definiéndose claramente: ocre, blanco, gris y color ladrillo, adornados por infinitos árboles en cada tramo. Sin duda, es un ambiente muy distinto a cualquiera que hubiese presenciado antes. Mi vista se deleitaba contemplando todo tipo de gente que se mezclaba en la cotidianidad de la ciudad. Las paradas de ómnibus simulaban pequeñas casitas de techo verde, en un entorno rodeado por un halo plomizo donde las personas se paseaban y los autos circulaban.

Unos diez o más minutos después, mi destino se hacía cercano, en la Avenida Millán reposaba el cuarto que encontré por Airbnb. Yacía plácido dentro de una casa gigante y antigua, que había sido reformada por cuestiones puramente de negocios. Las modificaciones sirvieron para añadir otros dos pisos, permitiendo ubicar más habitaciones, baños, cuarto de aseo y azotea con tendedero, con un espacio para cultivar marihuana.

Mi primera estadía en un cuarto de Montevideo era corta, apenas por cuatro noches. Meses antes, la reserva había sido por veinte días, sólo que luego la modifiqué al conocer a Marcelo, un psicólogo con quien compartí en Rio de Janeiro, e insistió en hospedarme al llegar a la ciudad.

Recuerdo que aquellas jornadas se repartían entre el turismo y la dificultad, ya que tuve muchos momentos plagados de emociones con las que lidié totalmente solo. Evidentemente había cambiado mi vida por completo, me encontraba en otro país, lleno de dudas, y mares de ansiedad. Mi cerebro daba vueltas por cuestiones como hospedajes, gastos, y tantas cosas más. Era claro que no tardaría mucho en comprobar aquello de que una manzana cuesta un dólar (Google no mentía). Sinceramente era desconcertante, las diferencias en precios eran ridículas, todo era dos veces más costoso de lo que acostumbraba, y en ocasiones, hasta más. La tarjeta de crédito se cargaba de impuestos toda vez que la usaba, y en el transcurso de las semanas, me acostumbré a gastar en tres días lo que invertía en una semana. Y ni hablar del impuesto que me esperaba ansioso al retirar efectivo del banco.

Obviamente, sabía que esto pasaría, no iba a ser un destino fácil de recorrer en cierto sentido, pero quería exponerme a la adversidad y lo incómodo, porque necesitaba aprender. Como viajero me había enfrentado a innumerables retos, y siendo este el comienzo de mi vuelta por el mundo, estaba convencido que el camino me haría crecer.

Tenía razón, todo se catalizaría acabados aquellos cuatro días. Me desplazaba ligeramente diez cuadras al norte, donde me recibirían Roque (un labrador negro) y el gato Gaspar, dos preciosos animales de los que me enamoré mientras allí estuve. Ambos jugaban de forma muy pesada, las peleas eran incontables, aunque extremadamente graciosas. En varias oportunidades me tocó hacer ruidos de ave para sacar al avispado Gaspar del living, pues ésta era la única regla del hogar, sino destruiría todos los muebles. Allí dormiría, donde Marce recibía pacientes particulares en horarios visiblemente irregulares. Tenía un sofá que no guardaba envidia alguna por ninguna cama. Así es como todas las noches colocaba sábana y cobertor, para ser retirados cuando tocara desalojar el espacio. No había quejas, realmente era bastante cómodo, sólo había que abrigarse suficiente pues el frío de madrugada era intenso. Apenas media mañana sin medias y zapatos era la receta perfecta para un resfriado (lo descubrí).

Asimismo, y más allá de todas estas vivencias, caminé infinitamente, cada día sumaba por lo menos diez kilómetros, lo cual me permitió conocer muchísimos rincones de la capital. Lo que más me gustaba era Ciudad Vieja, un barrio infestado por edificios con arquitectura clásica, museos e iglesias. Y aquel lugar que más me impactó, la Plaza Independencia, rodeada de edificaciones claves como el Palacio Salvo, el Teatro Solís, la Presidencia de la República y el inicio de la Avenida 18 de Julio. Además, en el centro de la plaza se ubicaba el acceso al Mausoleo de Artigas (el prócer más notable del país). Era único, la historia era tan tangible en estas calles, que me hacía entender la formación de esta pequeña nación entre colosos. Un país tan chico e influenciado por sus vecinos, que se había tenido que inventar su propia cultura. No por nada los argentinos dicen de manera pedante que Uruguay es provincia de Argentina.

Aunque claro, en otros aspectos, las diferencias son profundamente notorias. Si hay algo que puedo afirmar es que conquista con su pensamiento progresista, la confianza ante las instituciones y el panorama social. Llegué a saber de programas gubernamentales que ayudan económicamente a los más necesitados, sistemas de cuidado a ancianos, jardín de infantes gratuito, entre otros.

Sin embargo, el esquema político está opacado por sus opuestos. En sí, el Frente Amplio (partido político que gobierna actualmente) había ganado el corazón del pueblo años atrás, y alcanzó conquistas sociales incomparables. Así es como ellos se jactan de los avances que han tenido en sus cuatro períodos consecutivos, mientras la oposición responde enfatizando escándalos de corrupción, el precio del dólar, la violencia y el desempleo.  Es cierto que, la situación actual decepciona a una porción considerable de los uruguayos, a aquellos que también llegan a hablar mal de la figura de Pepe Mujica, defraudados, tildándole de farsante o simplemente esperaban más de su gobierno, pese a que reconozcan a muchas de las leyes de su etapa como las más importantes en la reciente época.

Desde luego, la reforma más latente en la cotidianidad, trata sobre la regularización de la marihuana. En este caso, el sistema funciona al registrarse como consumidor, permitiendo así comprar en ciertas farmacias el producto. A su vez, existen clubes cannábicos que cultivan otros tipos de hierba y facilitan estos a sus miembros. De esta forma, la premisa es que el cultivo y el porte no está prohibido, y ocurre de manera similar con otras drogas. Sólo que en el caso especial del cannabis,  se puede fumar en la comisaría de policía y nadie va a inmutarse por ello, es algo bastante normal, ver toda clase de individuos consumiendo sin que nadie repare en ello. El crimen viene a ser la comercialización, este es el foco que combate el estado.

Por supuesto, era lógico que esta experiencia tendría que entrar en mi vida de alguna manera. Inicialmente no fue exitóso, porque francamente me sentí sumamente paranoico, como si la gente hablaba mal de mi, y así me aislé por completo durante esa velada. Totalmente diferente sucedió con la segunda intentona, cuando estando solo transité por un sendero que comenzó con aquella sensación misteriosa de frío, extendiéndose por las extremidades, causando un estado risueño, y conllevando a la pérdida de la noción del tiempo, hasta provocar muchas ideas curiosas.

De esta manera, llevaba menos de dos semanas fuera de Brasil, y sólo me quedaría doce días en Montevideo, departamento donde vive casi la mitad de la población de todo el país. Empero me sentía inevitablemente sumergido en estas esquinas que diariamente me exponían a dos constantes: la temperatura que continuaba cayendo y vivencias que nunca olvidaría.


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