Ante todo, verano

17 de Junio, 2019

Antes de abandonar capital, me había congelado a través de su rambla, ese corredor interminable que bordea la costa. Reconocía algunas de sus riberas, como Pocitos y Playa Ramírez, balnearios populares, a pesar de las achocolatadas aguas. Más allá del centro, los rincones del Mercado Agrícola, en su mezcla de clásico y moderno, se habían fijado a mi mente por las numerosas ocasiones que fui a comprar verduras y víveres allí. E igualmente el sendero me forzó a merodear de manera constante cada perfil del gigante de mármol llamado Palacio Legislativo.

Increíblemente, me vi inundado por mares de historia montevideana, impulsados por museos y la cotidianidad que se extiende desde Aguada hasta el perenne movimiento de la Av. 18 de Julio. Cultivaba mi mente a través de esta ventana de realidad sureña, a sabiendas del pronto final que tendría, en medio de la adaptación a un nuevo ritmo de cambios, de los cuales me atreví a cruzar a gatas buscando estadía en otras regiones. Las opciones estaban abiertas, contactando con personas de diferentes pueblos y ciudades de las cuales no tenía idea a veces, pero el mapa descansaba lleno de lugares que quería conocer, y tendría que adaptarse al paso al que lo sometería.

Empecé a usar Couchsurfing, una plataforma de viajeros solicitando alojamiento y anfitriones ofreciendo espacio para recibirlos, con el único objetivo de compartir historias y experiencias culturales (todo de forma gratuita). En mi caso, recibí la primera confirmación de estadía proveniente del departamento de Maldonado, desde el lunes 17 de Junio hasta el viernes de esa semana.

Por suerte no estaba lejos, porque viajar después del horario laboral no era el escenario más habitual. Bastaba sólo un par de horas, y me encontraría al arribar con Yonatan (mi anfitrión) en la terminal. Había nacido en Rocha, al este del país, y se mudó en búsqueda de nuevas oportunidades como repostero en la panadería de su primo, aunque las numerosas horas extras y la mala organización de su jefe, le provocaban numerosos descontentos. Por suerte, contrarresta la tensión volviendo a su ciudad natal los fines de semana y conociendo viajeros. De esta manera comenzó a hospedar gente procurando motivarse a salir del país en un futuro cercano.

Nos desplazamos a unos diez kilómetros, hasta llegar a un diminuto rincón conocido como Barrio Hipódromo (que sólo podía ser accesado a través de la autopista). El área, de menos de veinte cuadras, entre calles angostas y la pasividad característica, no reflejaba mayor distinción de lujos en todos los sentidos.  También contaba con un par de abastos, ventas de tortas fritas y panchos (perros calientes), bordeando una cancha de fútbol y el área de ejercicios.

A sólo unos metros de la entrada del barrio, en el interior de su pintoresco hogar había recibido con anterioridad a otro viajero, ofreciendo aquella estufa a leña y la rusticidad de un entorno que peleaba contra el frío y los poderosos vientos. Además, venía acompañado por su mascota, Oddie, un joven pastor alemán que demandaba constante cariño y procuraba atención en los horarios más impensados de la madrugada. Incluso desarrollamos cierta especie de rutina, mientras yo trabajaba en el sofá cama desde muy temprano, ocasionalmente abriéndole la puerta para que pudiera pasear en el patio o regresar al interior.

Esos primeros días, Uruguay atravesaba condiciones climáticas adversas, que impedían pasear normalmente. Sin mucho recorrido, distinguía que la región tenía como puntos clave a Piriápolis, Punta Ballena, Maldonado y Punta del Este. Donde me encontraba, el tránsito se conducía entre aceras un tanto envejecidas, congeladas en el tiempo, y poco verticales. Pero nada de esto resta encanto a la zona, por el contrario, supone un suspiro de cariño hacia el visitante que recién la conoce. Y a pesar de que muchos lugareños trabajan aquí, la mayoría de ellos se entrega al turismo de las costas.

A su lado, sin una separación formalmente definida, empieza Punta del Este, el extremo opuesto donde los apartamentos y hoteles de lujo se yerguen adornando las proximidades de las playas en perfecta hilera junto a la vía principal. Sin embargo, siendo invierno, se presentaba una cara poco familiar de esta costa que se despierta solamente en el verano. Recorrer sus calles semejaba divisar un pueblo fantasma, entre decenas de pisos con escasas luces encendidas en la gélida noche. Todos esos lujosos espacios, que son rentados en la temporada alta u ocupados por sus acaudalados dueños, se sumían en la máxima penumbra, formando gigantescos faroles sin brillo ante el inexistente tránsito del litoral que va directo al Puente de La Barra, caracterizado por abruptas subidas y bajadas, que proponen una mínima montaña rusa para los conductores.

Evidentemente Punta del Este simboliza al costoso turismo en su máximo apogeo, entre grandes pasadizos llenos de comercios de toda clase, resguardados por la verticalidad de los edificios, contemplados a un lado por la gigante mano que surge de la arena de Playa Brava y bombardeados por lugares como la Torre Trump, hoteles y casinos. Era una burbuja de irrealidad para aquel que estuviese dispuesto a vivirla, junto a los preciosos veleros y buques de millones de dólares flotando en el puerto.

Por otra parte, a unos escasos 20km se encuentra Punta Ballena, a la cual puede accederse al comprar un boleto de ómnibus a Montevideo. Sin duda, un reflejo del bajo desarrollo del sistema de transporte, que me dejaba desconcertado en el medio de pastizales y un conjunto residencial en la ladera del camino. Más adelante, se divisaba el cruce que conduce por una ruta totalmente desolada de transeúntes, con menos de 3 kilómetros de planicies serpenteantes, junto a un panorama de pequeños chalets a cada lado, todos ellos abundantes en lujo y exceso. Al ritmo de la música en portugués, cantaba a voz moderada, disfrutando la travesía que me llevaría a Casapueblo.

A la distancia aparecía, era imposible no deslumbrarse ante semejante pieza, una especie de palacio blanco de formas llamativas, construído por el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró con el propósito de servir como residencia tras años de viajes y vivencias. Sin duda, el lugar encerraba entre sus muros un espíritu propio, caminos que daban de frente al poderoso mar, escaleras que fluyen entre vegetación, y terrazas con pasadizos que trasladan a salas cubiertas por la obra e historia de Vilaró a cada palmo.

La escena, al borde de esta maravilla, enamoraba al alma. Enormes rocas se separaban gracias a dispersas porciones de pasto en pleno contacto con el agua de la ansiosa costa. Las cañas de pescar volaban de un lado a otro, padres e hijos, ataviados por la típica indumentaria, se arrojaban a la tarea de atrapar peces, y ocasionalmente regresaban cargando cubetas llenas de unos cuantos especímenes.

Próximo al final del camino, el mirador se llenaba de autos y transeúntes esperando el final de la tarde a medida que compartían el mate. En aquellos momentos, me sentía especialmente grato por un paisaje que contemplé largo rato, entretanto se consumían mis días en Maldonado, cubriéndome de experiencias únicas como el asado uruguayo, degustar fernet y detallar lobos marinos en las inmediaciones del puerto. También conocería a Yunus, el errante viajero turco que apareció frente a casa buscando hospedaje,  escoltando el mate bajo el brazo y con afán por fumar marihuana. En corto tiempo aprendí mucho de él, mientras reflexionaba sobre volver a Turquía o al escucharlo hablar un fluido español que había aprendido en meses de viajes por todos los países de Sudamérica.

Muchas incertezas me iluminaban poco antes de partir, aunque progresivamente me convertía en  un profesional de la disciplina de viajar. Tanto recorrido restaba, y en pocas horas tendría el viaje en ómnibus más lindo hasta la fecha, el destino me encaminaba hasta Treinta y Tres.


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