Momentos sobre cuatro ruedas
Entre tantas formas de viajar y diversos tipos de viajeros, una cuestión definitiva siempre será el medio de transporte empleado para desplazarse de un lugar a otro. Respecto al bus, en específico, lo interesante es que generalmente tienen un precio razonable y es una forma de transporte destinada al ciudadano común. Además, permite recorrer las vías a una velocidad considerable que hace posible medir las distancias entre un punto y otro, sujeto a tránsito, accidentes y demás factores que no se encuentran en la irrealidad de la aviación.
Es por ello que ha sido uno de los medios de transporte predilectos durante mis meses de viajes, y estas, algunas de las historias que han surgido en horas acumuladas entre trayectos.
¿El momento más frustrante?
Tras recorrer las calles de Buenos Aires lleno de tristeza por tener que irme después de un mes, había comprado un boleto para ir a Rosario tan sólo por un fin de semana. Al llegar a la terminal, varias serían las sorpresas que me sacarían de mi estado de tranquilidad. La primera, que debí haber imprimido el comprobante de compra del boleto, pues sería el primer requisito para confirmar el viaje. Por suerte, tenía algo de tiempo para cumplir la tarea, aunque infelizmente sufriría pues la computadora no reconocía el puerto USB de mi celular. Y luego no conseguiría entrar a mi correo en los primeros intentos.
Una vez resuelto, me entero de la penosa situación, el bus estaba retrasado por más de una hora. No siendo ese el final de los eventos desafortunados, ya que al llegar e intentar arrancar, el conductor anunciaría que estaba averiada la máquina. Yo me encontraba casi sumido en el sueño desde la comodidad de mi asiento, cuando se suscita esta, una escena típica de inicio de Relatos Salvajes, donde todos los pasajeros estaban consternados, ansiosos y alterados por no poder salir a Rosario. Minutos después, llegó un héroe de camisa y corbata, chofer de otro de los buses de la flota, diciendo que tenía espacio para unos diez pasajeros.
Se sentía como una victoria, subir a esta otra unidad y estar entre los diez afortunados. Pero no sabíamos, que el mismo héroe de corbata nos bajaría del bus aún dentro de la provincia de Buenos Aires, en otra terminal, porque otros pasajeros abordarían nuestros puestos. No es difícil imaginarse a todos los argentinos maldiciendo, entre reclamos, amenazas de demanda y rabia. Finalmente, en medio del frío del invierno, el chofer nos termina subiendo nuevamente, advirtiendo que más adelante cambiaríamos de colectivo. Irónicamente, este último terminó siendo mucho más lujoso, y entre sus asientos se encontraba el resto de los pasajeros que no decidieron aventurarse a cambiar de bus en la terminal inicial de Buenos Aires, es decir, si no hubiésemos decidido seguir el llamado del cambio de unidad, estaríamos descansados, mucho menos molestos y encaminados a Rosario.
¿Lo más extraño que me ha pasado?
Tras un día sumamente agotador, recorriendo el Salar de Uyuni, correspondía viajar por la noche hasta Sucre. Dos buses de la flota que había escogido saldrían hasta "La Ciudad Blanca". Uno de ellos sería conducido por un joven, tal vez inexperto, lo cual no era buena señal entre las serpenteantes carreteras de Bolivia. La otra unidad aún esperaba por su conductor, o eso creíamos todos... Pero no sería hasta unos 15 minutos antes de salir que, el compartimiento de carga del bus se abrió y apareció el conductor, que plácidamente dormía junto a su hija en una cama improvisada, con base de madera, colchón y un par de almohadas, en la sofocante cavidad que es usada para alojar el equipaje de los pasajeros. El sujeto parecía realmente soñoliento, y yo sólo podía rezar para terminar con vida este viaje.
¿El viaje más largo?
Viajando en Argentina, desde Mendoza hasta Salta. Si mal no recuerdo había abordado un día sábado a las 10:00 p.m, reproduciendo infinitas veces el mismo playlist de música brasileña, complementado por cuatro comidas completas ofrecidas por el personal del bus, lo cual ha sido una situación que nunca más me ha sucedido.
Sabía que sería largo, pero nunca tanto. Entre el transcurrir de las horas terminé arribando a las 5:00 p.m a Salta, 19 horas viajando sentado en la misma caja metálica andante.
Sabía que sería largo, pero nunca tanto. Entre el transcurrir de las horas terminé arribando a las 5:00 p.m a Salta, 19 horas viajando sentado en la misma caja metálica andante.
¿El más incómodo?
Mi viaje desde Tarija (Bolivia) hasta Potosí fue increíblemente desagradable. Era la primera vez que cambiaba de ciudad dentro de este país. El vehículo al que subí no tenía aire, las ventanas estaban selladas, y mi asiento estaba en la primera fila del segundo piso, donde todo el sol se colaba aumentando la temperatura, haciendo correr el sudor. Adicionalmente, estaban aprovechando para cargar mercancías en el bus, y uno de mis bolsos estaba en el compartimiento de carga, lo cual me hacía sospechar que misteriosamente sería extraviado a lo largo del camino, quedándome sin prácticamente una prenda de ropa.
¿El más confuso?
Estando en Punta del Este, quería visitar Punta Ballena, a unos cuantos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Aparentemente no existe ninguna ruta metropolitana que sea capaz de llevar hasta dicho local, teniendo que comprar un boleto a una flota con destino a Montevideo y que parase en el camino. Lo extraño habría sido que mi comprobante indicaba "asiento: N/A". De esta forma, consideré que podría sentarme en cualquier lugar, por no estar asignado. Pero entendí que estaba equivocado, pues en la cercana Terminal de Maldonado empezaron a subirse personas y todos tenían asientos asignados, así empecé a cambiarme de asiento hasta notar que tenía un boleto para ir de pie.
¿El más lindo?
Difícil, hasta hace poco era desde Maldonado (Uruguay) hasta Treinta y Tres. Siendo indescriptible esa visión de pastizales, sol despejado iluminando a las vacas, caballos y ovejas pastando y bebiendo agua de los ríos circundantes. Posteriormente, los viajes en Argentina ocuparon un lugar especial de mi memoria, sobre todo al norte, entre Purmamarca y Humahuaca, pero sin olvidar del recorrido en Mendoza, hacia el Dique de Potrerillos, donde me deleité entre carreteras aisladas al lado de cordilleras, ríos, nieve e infinitos colores.
¿Cuándo salió todo mal?
Viajando desde Bogotá a Cali, se presentó un tráfico infinito en la región del Eje Cafetero provocando que llegase a altas horas de la madrugada hasta el cuarto que había alquilado. Lamentablemente no pude contactar con la dueña, pues se había dormido, viéndome en la necesidad de pedirle al taxi llevarme hasta algún hotel cercano y barato, que resultó ser el mal llamado La Diosa del Amor, una especie de motel barato con espejos sobre la cama. Claramente esa noche dormí sobre mi suéter, abrazando mis piernas y comiendo galletas para pasar las horas e irme temprano.
¿El viaje que me permitió conocer a alguien?
Desde Córdoba a Mendoza, tuve la fortuna de sentarme junto a una argentina preciosa y agradable, con la que compartí una conversación extensa sobre la vida, el amor, los viajes. Ella visitaría a su novio en Mendoza, con quien lleva una relación desde hace meses. Aún conversamos cada tanto y le pediré consejos para recorrer Cuzco, porque tiene excelentes tips.
¿El más peligroso?
Viajando en Venezuela junto a mi mejor amiga, hacia Choroní (región costera). Realmente fue una pesadilla, ya que para llegar hay que subir una montaña y luego descender hasta alcanzar a la playa. La carretera es sumamente estrecha y los buses se desplazan tocando la bocina de forma estridente y constante, para alertar a los autos que vienen pasando. Sin duda, se siente como la carretera al infierno, con el peligro acechando a cada curva a una velocidad espantosa y desmedida.
¿Algún otro viaje perturbador?
En Colombia, durante mi visita al Eje Cafetero, compré un boleto para ir en Jeep desde Salento a Filandia. Ese día fue el primero que sólo me vendieron tiquete de ida, indicando que podría comprar la vuelta en la ciudad. Tras una corta visita a este pueblo conocido por sus pintorescas casas y un impactante mirador, me dirigí a los puestos de los rústicos, donde descubriría que no había cupo para volver a Salento. Entre la angustia me recomendaron tomar un bus local, que me dejaría en la entrada al pueblo de Salento, donde posteriormente pasaría una de las Jeep y me recogería. Siguiendo dichas instrucciones, no sin aumentar la tensión con las advertencias de una señora que me comentó del peligro de aguardar en ese lugar, terminé esperando en esa parada de bus solitaria, oscura y visiblemente insegura. Las motos pasaban, y yo intentaba cubrirme con un poste para no estar tan visible, guardando mis pertenencias de forma segura. Dichosamente, unos veinte minutos después, apareció el tan esperado rústico, que me llevó de vuelta a Salento.
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