Historias de hospedajes - Capítulo 1

Una noche de terror

Recientemente, en mi viaje por Colombia, tuve como última parada Santa Marta, y era imposible no ir al Parque Tayrona, una espectacular aglomeración de playas y selva. La amenaza provenía de largas filas de turistas y la temporada alta decembrina, afortunadamente logré entrar, habiendo tomado la previsión de pagar la entrada semanas atrás. Dentro de la inmensidad del parque, opté por un hospedaje barato, en un sector no tan cotizado por los turistas, como lo es Cabo San Juan, así es como en el sector Arenilla pagué un precio razonable por una hamaca donde dormir una noche.

Al llegar, no lo noté, sin embargo, al caer el sol, percibí lo tétrico que era el lugar. Una choza gigante albergaba un total de quince hamacas, expuestas al aire libre, lo cual implicaba mosquitos y extraños ruidos de animales. 

No recuerdo con exactitud a qué hora decidí irme a dormir, sólo sé que fue muy temprano y tuve mucha dificultad para entrar en sueño, lo cual no es normal en mi. Cuando finalmente lo logré, recuerdo que estaba teniendo pesadillas, y posteriormente me desperté, notando que había algo intentando abrir la malla que servía de mosquitero de la hamaca. No veía una figura humana, ni algún animal, pero me aterré sin medidas, sin conseguir gritar o moverme, entré en pánico y una vez pude voltear a ver detrás de la hamaca, divisé un pequeño niño indígena sonriéndome. 

Días de descomposición

Por aquellos días me sentía aún como un novato dentro de las estadías en hostales. Anteriormente sí había estado en algunos, pero exclusivamente de vacaciones o un fin de semana. Todo esto cambió al entrar en Bolivia, donde mi forma de viajar cambió considerablemente. Estando ya en mi tercera ciudad, Sucre, me alojé en un hostal de cuarto compartido con otras siete personas, aunque sólo llegué a compartir con dos personas máximo. 

Los primeros dos días en este hostal, se hospedaba en mi cuarto una española muy agradable, que hacía par de meses realizaba un voluntariado en orfanatos. Durante este tiempo conversamos abiertamente de muchos temas y disfrutamos una fiesta del hostal. Al entrar el día lunes, ya se había ido, e igualmente, ese día mi sistema se descompuso, tuve algún tipo de intoxicación por comida. Desde temprano mi organismo expulsó toda la comida que había ingerido y no sentía apetito por comer nada, además de tener un fuerte dolor de estómago. Estaba sumamente preocupado, porque no eran normales los síntomas que tenía, y agradecía que ella no estuviese en el cuarto, porque en una de mis carreras al baño, no llegué lo suficientemente rápido y vomité sobre el lavamanos, así que todo era un desastre, incluido el espejo y la pared. 

Para mi era terrible todo lo sucedido, y me negaba profusamente a que el personal de limpieza del hostal tuviese que limpiar semejante horror, entonces decidí hacerlo yo mismo. Fue una tarea difícil, no tenía demasiados implementos para asear todo, y decidí usar una toalla que estaba colgada de un gancho del baño. Un día después había vuelto Rosa, la española, con un trabajador del hostal, me saludó y dijo que había olvidado su toalla en el baño. Por supuesto que yo fingí total desconocimiento ante la situación, aunque por dentro moría de culpa.

Un quilombo

Medellín fue una ciudad inesperada, entre sus calles me costó encontrarme, y sobre todo entender la esencia de la ciudad, muchas veces me sentí aburrido en sus museos y otros lugares. Así que decidí pisar sus calles de arriba a abajo de forma más frecuente, y cambiar mis puntos turísticos. Durante mi estadía, recurrí al siempre confiable Selina, esta cadena de hostales que se extiende por el mundo entero brindando estilos particulares y extravagantes, todo tipo de cuartos y espacios comunes como sala de yoga y salas de juegos. 

En esta ocasión me aguardaba un récord, si bien compartir cuarto no era algo nuevo, nunca había sido un cuarto de veinte personas, hasta ahora. Además de tan abultado número, el cuarto parecía un cuartel del ejército, sólo habían ventiladores de techo, y simples literas esparcidas por doquier. Nunca faltaban bolsas, botellas o algún desperdicio en el suelo, lo cual era totalmente anormal para la limpieza que ya había visto en otros hostales. El baño puedo dejarlo a la imaginación, sólo diré que nunca me bañé allí, por suerte habían muchas duchas en una sala común afuera en el pasillo. 

Finalmente, el punto final de incomodidad de esta habitación era la gente irresponsable que llegaba de madrugada haciendo ruido, conversando, totalmente borrachos. 

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