Historias de hospedajes - Capítulo 2
En la cueva de Mujica
Me encontraba viajando hacia el norte de Uruguay, entre preciosas praderas cubiertas de brillante césped, decenas de vacas, ovejas y caballos desplazándose, coronados por parques eólicos que generan buena parte de la energía del país. Sí confieso que estaba un poco perdido, por la falta de experiencia y la ausencia de rumbo, que me conducía a lugares que nunca había ambicionado recorrer (tal cos no volvería a suceder en otro territorio). Sin embargo, era en estos departamentos donde encontraría usuarios registrados en Couchsurfing (una plataforma donde personas reciben viajeros de forma gratuita, sólo por vivir intercambios culturales) dispuestos a recibirme. Ya para aquel entonces estaría cumpliendo unas tres semanas girando por el pequeño país de Sudamérica.
La ciudad de Treinta y Tres me esperaba durante una semana, dividida unos días en la casa de una amable pareja de uruguayos, contagiados por el virus viajero; sobretodo él, que ahora se frustraba por las aspiraciones de su esposa al querer formar una familia.
Estos días postrado en un colchón inflable (la peor forma de dormir), acabarían un jueves por la tarde, cuando ya me encaminaba hacia otra casa donde sería recibido hasta el fin de semana. Así conocí a Tato, un músico de unos treinta y tantos, pasado de peso, con barba pronunciada y un espíritu de izquierda irremediablemente influenciado por Pepe Mujica, filósofos y libre pensadores que andan sueltos por el mundo.
Vivía a unos diez kilómetros del centro de la ciudad, es decir, a las afueras de la misma, y resultó habitar en una especie de cueva bastante desordenada, donde apenas existía la electricidad, y el wi-fi era impensable. Todo estaba desprolijo, no había lugar para sentarse sin sentir que quedaría una mancha permanente en la ropa. El cuarto semejaba un antiguo almacén de trastes, tapizado por par de colchones tirados a mala gana en el piso, donde sólo una manta gruesa era capaz de separar al cuerpo de la suciedad de una cama que probablemente habría salido de una subasta de un motel en quiebra.
La mentalidad de Tato era cuestionar a la sociedad, repensar cómo se llegaba a la felicidad y demonizar la búsqueda de lo que hoy día parece ser éxito profesional. Sentía que las redes sociales bombardeaban con noticias y contenido del cual sentía poco interés en conocer, al contrario, sería él quien decidiría cuando recibir información sobre amigos y acontecimientos. Por dentro, yo estaba muriendo mientras pensaba en trabajar al día siguiente, más aún por tener horarios fijos. Así que tuve que correr a uno de los pocos cafés de la pequeña población, en el centro, al mismo tiempo que caía una tempestad espantosa, y de esta manera, pagar cientos de pesos que me mantuviesen justificando mi permanencia en dicho local. Por suerte, sólo sería ese día que tendría que trabajar, pues ya era fin de semana.
Tanto loco sueltoMe encontraba viajando hacia el norte de Uruguay, entre preciosas praderas cubiertas de brillante césped, decenas de vacas, ovejas y caballos desplazándose, coronados por parques eólicos que generan buena parte de la energía del país. Sí confieso que estaba un poco perdido, por la falta de experiencia y la ausencia de rumbo, que me conducía a lugares que nunca había ambicionado recorrer (tal cos no volvería a suceder en otro territorio). Sin embargo, era en estos departamentos donde encontraría usuarios registrados en Couchsurfing (una plataforma donde personas reciben viajeros de forma gratuita, sólo por vivir intercambios culturales) dispuestos a recibirme. Ya para aquel entonces estaría cumpliendo unas tres semanas girando por el pequeño país de Sudamérica.
La ciudad de Treinta y Tres me esperaba durante una semana, dividida unos días en la casa de una amable pareja de uruguayos, contagiados por el virus viajero; sobretodo él, que ahora se frustraba por las aspiraciones de su esposa al querer formar una familia.
Estos días postrado en un colchón inflable (la peor forma de dormir), acabarían un jueves por la tarde, cuando ya me encaminaba hacia otra casa donde sería recibido hasta el fin de semana. Así conocí a Tato, un músico de unos treinta y tantos, pasado de peso, con barba pronunciada y un espíritu de izquierda irremediablemente influenciado por Pepe Mujica, filósofos y libre pensadores que andan sueltos por el mundo.
Vivía a unos diez kilómetros del centro de la ciudad, es decir, a las afueras de la misma, y resultó habitar en una especie de cueva bastante desordenada, donde apenas existía la electricidad, y el wi-fi era impensable. Todo estaba desprolijo, no había lugar para sentarse sin sentir que quedaría una mancha permanente en la ropa. El cuarto semejaba un antiguo almacén de trastes, tapizado por par de colchones tirados a mala gana en el piso, donde sólo una manta gruesa era capaz de separar al cuerpo de la suciedad de una cama que probablemente habría salido de una subasta de un motel en quiebra.
La mentalidad de Tato era cuestionar a la sociedad, repensar cómo se llegaba a la felicidad y demonizar la búsqueda de lo que hoy día parece ser éxito profesional. Sentía que las redes sociales bombardeaban con noticias y contenido del cual sentía poco interés en conocer, al contrario, sería él quien decidiría cuando recibir información sobre amigos y acontecimientos. Por dentro, yo estaba muriendo mientras pensaba en trabajar al día siguiente, más aún por tener horarios fijos. Así que tuve que correr a uno de los pocos cafés de la pequeña población, en el centro, al mismo tiempo que caía una tempestad espantosa, y de esta manera, pagar cientos de pesos que me mantuviesen justificando mi permanencia en dicho local. Por suerte, sólo sería ese día que tendría que trabajar, pues ya era fin de semana.
En Santa Marta, Colombia, pasé muchísimo tiempo más del que había estipulado, lo cual me permitió cambiar de hostal tres veces, sin contar un hospedaje en el Parque Tayrona. La temporada decembrina obligaba a mudarse constantemente buscando mejores precios y lidiando con la falta de disponibilidad en muchos alojamientos. En general, todos estuvieron bastante bien, excepto uno.
Estaba ubicado en pleno centro de la ciudad, y al igual que otros, ofrecía ciertos defectos que para el viajero más experimentado sonaban absurdos. El más importante, incuestionablemente, era la falta de cortinas en cada cama de las habitaciones compartidas. Las literas eran bastante altas y estaban separadas por un pasillo que las dividía en dos bloques. Así cada una estaba expuesta al mirar curioso del ojo ajeno, es por ello, que muchas personas colgaban desde toallas hasta sabanas, para ganar algo de privacidad. Lo cual yo me negué a hacer, más por flojera que por otra razón.
A mitad de mi estadía, desperté a media noche, observando desde lo alto de mi litera, a un chico al otro lado del pasillo, sentado al borde de la escalera perteneciente a su litera, usando su celular. Supongo que él habrá notado algún movimiento, y por esto me dirigió una mirada. Fue bastante extraño y un poco desconcertante notar como alguien te mira a mitad de noche. Sinceramente, la falta de privacidad era un problema.
Esto no sería lo peor, me aguardaba un episodio de impropio terror. Ocurriría otra madrugada en la que desperté producto de un ruido, para presenciar como el mismo sujeto subía hasta mi litera, ya encontrándose al borde de la cama. Impactado y adormecido, le cuestioné qué estaba haciendo. A lo que replicó:
— Es que me gustaría mostrarte algo.
— No, parce, ¿cómo así? — le contesté —. ¿Cuál es su litera? ¿Aquella de enfrente? Hágale pues, esta no es esa.
Finalmente, bajó, regresando a su cama. Entretanto, disminuía mi ritmo cardíaco y terminaba de digerir el susto que había atravesado.
Durmiendo con el analista
Esto no sería lo peor, me aguardaba un episodio de impropio terror. Ocurriría otra madrugada en la que desperté producto de un ruido, para presenciar como el mismo sujeto subía hasta mi litera, ya encontrándose al borde de la cama. Impactado y adormecido, le cuestioné qué estaba haciendo. A lo que replicó:
— Es que me gustaría mostrarte algo.
— No, parce, ¿cómo así? — le contesté —. ¿Cuál es su litera? ¿Aquella de enfrente? Hágale pues, esta no es esa.
Finalmente, bajó, regresando a su cama. Entretanto, disminuía mi ritmo cardíaco y terminaba de digerir el susto que había atravesado.
Durmiendo con el analista
Parece que fue hace años... remontarse a aquellos tiempos deja una sensación lejana, como si hubiese ocurrido en otra vida, donde todavía me hospedaba usando Couchsurfing. En dicho tiempo, llegué a Mendoza (Argentina), una ciudad maravillosa, caracterizada por únicos paisajes circundantes, esperando por aventureros decididos a escalar las cumbres de alta montaña y bordear vertiginosos acantilados de pendientes insólitas.
Como de costumbre al usar Couch, una estadía corta de una semana me aguardaba en este punto occidental de la Argentina. Alguien que, sin duda, resultó ser un personaje en todo el sentido de la palabra, me recibiría aquellos días.
Eduardo pasaba de los cuarenta años, trabajaba como funcionario público, aunque su verdadera pasión era la biodanza y todo tipo de prácticas orientales; disfrutaba de tomar todo tipo de medicamentos naturistas para despertarse, dormir, digerir mejor, recobrar fuerza, tener una mejor digestión y cualquier otro tipo de función humana existente. Solía explicar que, al pasar cierta edad... las necesidades del cuerpo no podían ser cubiertas por completo en la dieta que llevaba, al contrario, precisaba suplementos extra para adicionar a su pescatariana dieta.
Sin duda, era un tipo muy excéntrico, contaba con esa energía que alejaba un poco, es difícil de explicar, pero simplemente guarda algo misterioso, tal vez alguna cualidad que no sería alentador descubrir. Además, constantemente buscaba hurgar a profundidad la mente de las personas que hospedaba. Y aunque era desgastante, sólo debía tolerarlo esa semana, donde dicho sea de paso, compartiríamos cuarto.
Creo que, sin duda subestimé esos siete días, considerando que correrían de forma veloz. No obstante, el tiempo se dilató de forma impresionante, y llegué a desarrollar un trato particular que nunca se repetiría en algún hospedaje, mucho menos con un anfitrión... Pero no hubo otra alternativa.
Recuerdo que después de mi primera noche, a la mañana siguiente, le comenté sobre un pronunciado dolor de cuello con el que había despertado, probablemente a causa de una mala posición al dormir. A lo que inmediatamente respondió:
— Sí, claro, yo te observé dormir y estabas en una posición incómoda.
Otro día, un episodio igualmente extraño sucedió al mencionarle que estaba sintiendo un dolor de cabeza bastante fuerte. Así, se apresuró a encontrar una de sus infusiones asiáticas, y de forma ágil, la untó en sus dedos y los dispuso frente a mi nariz por más de veinte segundos mientras repetía:
—Respira.
Eduardo terminó por cansarme, con el paso de los días percibió cómo me aislé, con conversaciones cada vez más cortas y menor tiempo compartido. Buscaba desesperadamente mi propio espacio tras tener días agotadores de trabajo, dedicándome a ver alguna película, en total silencio, lo cual provocó gran contraste con las ansias de conversación de mi anfitrión. Aunque ciertamente, lo que mayor molestia causó en mi fue ofrecerme a comprarle algunos productos del supermercado, aprovechando que yo iría a reabastecer mi despensa, y nunca se ofreció a pagarme por los gastos que tuve.
Nuestro último día, me comentó sobre la conversación que había sostenido con una amiga suya, donde mencionaba la convivencia que habíamos mantenido esos pocos días. Ella aseguró que todo era producto de que en consecuencia, cada uno se sentía a gusto y había encontrado su zona de comfort en aquel apartamento. Sin cuestionamentos, asentí asegurando que exactamente esto había ocurrido.
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