Comida, Paisajes, y Gente - Uruguay

Viernes, 21 de Junio de 2019

Todo era tan distinto, el interior de Uruguay es campo abierto. Aquel era el momento de notarlo y sentirlo, atravesando caminos de asfalto entre praderas de un verde deslumbrante, rociadas por el brillo del sol y los matices de pequeños riachuelos que humedecen el panorama, brindando agua a todos los animales regados por cientos de propiedades. Tantísimas hectáreas con gran cantidad de vacas, caballos, y ovejas, se divisaban a lo largo de cúmulos de belleza. Las horas acortaban la llegada a mi destino, mientras contemplaba con ánimos exaltados, además de un toque de locura que sugería a la mente abandonar todo y dedicarse a labrar la tierra.

Me dirigía a Treinta y Tres, un departamento cuyo nombre, de homónima capital, semejaba el de una peligrosa comuna, o quizás el apodo de una letal pandilla. Sin embargo, rendía honor al pasaje histórico cuando casi 200 años atrás, un grupo de hombres liderados por Lavalleja y Oribe, comenzaron una insurrección para reincorporar el territorio uruguayo a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Sin duda, caminar entre las calles de ese poblado manifestaba de forma evidente la magnitud de la región. Con una población menor a los treinta mil habitantes, sumidos en un ambiente copado por árboles y una perfecta tranquilidad que mantenía un ritmo de vida sosegado. El transporte público era inexistente, a excepción de una minoría de buses que cruzaban un puente en dirección a otra villa. Al igual que la cantidad de comercios, confinados mayormente en un par de calles donde todos se conocían.

Fui recibido por Alejandro y Nieves, una joven pareja de profesores, de vida bastante rutinaria. Abrían las puertas de su casa a otros viajeros después que Ale había recorrido por meses gran parte del continente, nutriéndose de decenas de historias y experiencias. En contraste, ella era mucho más huraña, introvertida e incapaz de viajar sin rumbo, aunque juntos mantenían una relación con la meta de formar una familia pronto, a pesar de los sueños viajeros de una vuelta más al mundo... A lo que Nieves respondía con pereza.

Las noches en su casa eran frías, carentes de soporte lumbar brindado por el despreciable colchón inflable que dispusieron para mi uso. Mas no podía quejarme, tener un escritorio para trabajar cada mañana compensaba el sufrimiento, junto a la estufa de leños o gas. Luego invertía mi tiempo visitando los pocos lugares que había por descubrir, entre ellos encontré algún museo de arte local, una tranquila plaza donde los niños corrían, las palomas volaban y las hojas caían. Por último, el río Olimar me regaló un llamativo paisaje de tonos rosados y azules, reflejando el precioso atardecer que se mostraba sobre la fría agua del invierno uruguayo.

Durante esos cuatro días disfruté de su compañía, conversando sobre la educación del país, las realidades de una región más empobrecida, en un contexto político evidentemente centralizado. No obstante, Uruguay no dejaba de sorprenderme en materia de reformas sociales, teniendo un programa que permitía de forma gratuita la atención de un enfermero directamente en el propio hogar a quien lo necesitase.

Por otra parte, fue una de estas noches que conocí el plato estrella de la gastronomía uruguaya, si es que tal cosa existe. Según cuenta la historia, el chivito fue creado por casualidad en torno a 1940, en Punta del Este, cuando una clienta llegó a un restaurante pidiendo carne de chivito, tras haberlo probado en Córdoba. Los cocineros no tenían esta carne, y decidieron servir un pan tostado con manteca, al cual le agregaron jamón y un jugoso churrasco. La idea se transformó en un éxito, y con el tiempo se llegaron a hacer versiones con otros tipos de carne, incluyendo pollo. En la actualidad, está presente en todas las regiones y se prepara con jamón cocido, tocino, queso mozzarella, lechuga, rodajas de tomate, rodajas de huevo duro y mayonesa, acompañados por papas fritas, ensalada u otra guarnición. 

Consecuentemente, el día jueves, llegó a la casa otro couchsurfer que me recibiría hasta el fin de semana. Tato, un pesado individuo que casi llegaba a los cuarenta años, músico y reconocido ermitaño del lugar, conducía una Niva azul en la que andamos por quince minutos hasta las afueras del pueblo. En un terreno mediano se levantaba una cabaña bastante rústica, custodiada por un pastor alemán que parecía ser amistoso. Lo contrario del interior, donde todo era muy desprolijo, sin espacio para sentarse por estar repleto de artefactos dañados, al tiempo que Tato me relataba su desconfianza por el internet, las redes sociales, y explicaba los motivos de no tener televisión, wi-fi, y la menor cantidad de tecnología posible. Su filosofía era todo menos común, muy austero, desprendido de lo material, y más enfocado en la felicidad. Me recordaba a Pepe Mujica, a quien él había conocido cuando descansaba con un grupo de amigos en una loma del interior de Montevideo. En seguida, un Volskwagen Escarabajo se estacionó, descendiendo un típico viejo curioso que quería saber por qué un grupo de muchachos yacían tirados a un lado de la vía, no era otro sino el gran Pepe. 

A medida que iba expulsando cada palabra, yo entraba en shock al digerir las características del sitio, no sólo al ver dónde dormiría... Una especie de almacén con un colchón inflable que malvivía en el suelo, casi con manchas al estilo de habitación de motel barato en el que filas de gringos caían a pasar la noche cada tanto. Este no era el motivo principal de desconcierto, más bien era pensar cómo trabajaría al día siguiente, separado de todo medio de comunicación, incapaz de conectarme a internet.

Por ello, salí temprano, acogido por el frío mañanero al andar muchas calles, siendo sorprendido por una pequeña tormenta que amenazaba la laptop que cargaba en la mochila. A paso veloz, sorteando techos y llegando a trotar, logré alcanzar la plaza a las 7:00 a.m., dispuesto a trabajar acompañado del desayuno y posterior almuerzo, invirtiendo cientos de pesos uruguayos en el corto día de oficina.

Por suerte, la desventura no se repetiría, llegado el fin de semana podría irme en cualquier momento. Pero mi curiosidad despertó al saber que Tato realizaba paseos a la Quebrada de los Cuervos, un paisaje protegido abundante en naturaleza y rodeado por decenas de extranjeros establecidos en las adyacencias, incluyendo un francés que desaparecía por meses para recorrer el mundo en su velero. Lo especial del parque era que se formaba un micro-clima en la parte más baja, presentando las condiciones ideales para la vida de decenas de aves, peces y mamíferos autóctonos. A pesar de no haber observado a ninguno de estos, la vista desde lo alto invitaba a la meditación, perdiéndose entre las laderas de un curso de agua abundante que se extendía más allá de donde los ojos alcanzaban a mirar.

Más tarde, me despedí de mi anfitrión, agradecido por un paseo de cortesía, y por sus invaluables reflexiones. Era el final de mi estadía en Treinta y Tres, y sería la primera y única vez que me colocaba a un lado de la carretera, esperando que un auto se detuviera para continuar mi viaje. Minutos después, a bordo de una van llena de albañiles, conversábamos de la cotidianidad, mientras escuchábamos el partido de fútbol de la selección uruguaya que justo ocurría en ese momento. Sin duda, esta experiencia me conectó con el país, dirigiéndome a Melo, capital del departamento de Cerro Largo, donde la baja en los precios de los bienes era muy notable, por el gran contrabando con la cercana frontera brasileña.

La oferta turística local era prácticamente inexistente, pero debo agradecer por haber catado entre sus avenidas, un plato característico que se comparte con Argentina, las tortas fritas. En principio, las había imaginado diferentes, como algo más parecido a un pastel de cumpleaños, que luego se fríe para obtener algún resultado cósmico nunca antes visto. Realmente sólo se preparaba una mezcla de harina para freírla en aceite o grasa caliente, al punto de aumentar su volumen e inflarse como una especie de tortilla con aire por dentro. No era nada asombroso, ni tenía demasiado sabor, lo cual representaba bien la opinión que tenía hasta el momento de Uruguay.

El viaje continuaría una semana después, bajando al sur hasta la maravillosa ciudad de Colonia del Sacramento. 

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