La Jungla - Parte I
Si tuviera que pensar en una historia, aquella que destaca sobre las demás y que ha permanecido fuera de estas páginas por la cantidad absurda de momentos desconcertantes, locuras insólitas, horas que no serán olvidadas y semanas enteras de tortura... Es indiscutible, no existe nada que se compare al tiempo que pasé en Belo Horizonte, Brasil.
Me acercaba a la capital de Minas Gerais desde un vuelo que tuvo escala en Brasilia, llegando de madrugada y próximo a recorrer la larga distancia que existe entre el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. Las luces en el medio de la noche no significaban mucho dentro de la travesía que teníamos, y sólo media hora después descendí en la estación donde esperaban para conducirme al lugar que previamente escogí con ligereza con el fin de alquilar.
Localizado en el corazón de la ciudad, por un modesto precio de 150$, y muy cercano a la 01:00 a.m. de aquel día, conocí a Bruno, el dueño del apartamento ubicado en la Avenida Amazonas con Calle Tupís. Se erguía imponente un gigante y añejo edificio que corría entre las vías más transitadas de la ciudad. A primera vista no parecía mal lugar, por lo menos el lobby tenía buen aspecto, sí confieso que los pasillos internos transmitían una energía bastante tenebrosa. No sabía que dentro me esperaban sorpresas más lúgubres. Primeramente, no se veía tal como en las fotos, lógicamente intentaban darle mucha más belleza a una realidad envejecida por el uso de sus inquilinos. Una luz blanca tenue iluminaba una pequeña sala donde se vislumbraba un sofá cubierto por un forro rojo de tela, una mesa de mármol que mantenía contra la pared a un desgastado colchón, y una TV vieja junto a un par de sillas metálicas.
Lo peor me esperaba, una historia de terror y pánico comenzaba al hacer el recorrido por el apartamento. Así, cuando las luces de la cocina se encendieron, se desató la huida de cientos de cucarachas que caminaban por todos los lugares que la vista alcanzaba a divisar. Sinceramente era un desastre sanitario tan grande, inimaginable semejante escenario de suciedad, platos apilándose en el lavaplatos, ollas usadas en la cocina, pequeños restos de comida sobre la mesa, todo esto orquestado al ritmo que Bruno explicaba que todos los espacios estaban disponibles para poder preparar comida, mientras caían pequeñas plagas desde los armarios. Las cucarachas saltaban, volaban y corrían en diferentes direcciones buscando la oscuridad, en todas formas y tamaños se desplazaban huyendo de nuestra vista, mientras sólo yo me sentía impactado ante lo que era la cotidianidad de este departamento.
Localizado en el corazón de la ciudad, por un modesto precio de 150$, y muy cercano a la 01:00 a.m. de aquel día, conocí a Bruno, el dueño del apartamento ubicado en la Avenida Amazonas con Calle Tupís. Se erguía imponente un gigante y añejo edificio que corría entre las vías más transitadas de la ciudad. A primera vista no parecía mal lugar, por lo menos el lobby tenía buen aspecto, sí confieso que los pasillos internos transmitían una energía bastante tenebrosa. No sabía que dentro me esperaban sorpresas más lúgubres. Primeramente, no se veía tal como en las fotos, lógicamente intentaban darle mucha más belleza a una realidad envejecida por el uso de sus inquilinos. Una luz blanca tenue iluminaba una pequeña sala donde se vislumbraba un sofá cubierto por un forro rojo de tela, una mesa de mármol que mantenía contra la pared a un desgastado colchón, y una TV vieja junto a un par de sillas metálicas.
Lo peor me esperaba, una historia de terror y pánico comenzaba al hacer el recorrido por el apartamento. Así, cuando las luces de la cocina se encendieron, se desató la huida de cientos de cucarachas que caminaban por todos los lugares que la vista alcanzaba a divisar. Sinceramente era un desastre sanitario tan grande, inimaginable semejante escenario de suciedad, platos apilándose en el lavaplatos, ollas usadas en la cocina, pequeños restos de comida sobre la mesa, todo esto orquestado al ritmo que Bruno explicaba que todos los espacios estaban disponibles para poder preparar comida, mientras caían pequeñas plagas desde los armarios. Las cucarachas saltaban, volaban y corrían en diferentes direcciones buscando la oscuridad, en todas formas y tamaños se desplazaban huyendo de nuestra vista, mientras sólo yo me sentía impactado ante lo que era la cotidianidad de este departamento.
Desafortunadamente, en ese momento no me sobraban opciones aparte de esa, dónde dormiría esa noche si no era ahí, en medio de una ciudad desconocida, pasada la mitad de la noche. El problema radicaba en que un contrato me fue presentado, de esos que luego ves que tienen multa para romperse, por nada más y nada menos que un año de duración. Todo había sucedido tan rápido, estaba condenado, no sabía hasta qué punto y era sólo el comienzo. Así empieza el capítulo de Belo Horizonte, dando vueltas a mitad de madrugada, en un pequeño cuarto donde apenas cabía una cama individual, un armario y una pequeña mesa.
Al día siguiente no lo notaría, pero era cuestión de tiempo, en esta jungla cohabitaban diferentes tipos de animales además de las cucarachas, cada uno más particular que el otro, todos ellos habituados a la dinámica diaria de convivencia del apartamento 705.
El primero era el más próximo a mi cuarto, al otro lado de la pared, que en realidad era fina lámina de un material maderado, incapaz de aislar el ruido y movimiento. Vinícius tenía menos de 25 años, sin estudios superiores ni ganas por tenerlos, trabajaba en una franquicia de farmacias, y había nacido al interior del estado, probablemente en algún poblado donde se cocinaba asado cada fin de semana entre los matorrales y los animales rumiantes. Se caracterizaba, entre tantas cosas, por la constante necesidad de salir de la ducha con apenas una toalla que lo cubriese, aunque esa no era su peor cualidad, ya que adoraba quejarse de los problemas de la casa, pero no aportaba una sola idea útil, y mucho menos dinero para alguna reforma. Sus hábitos de limpieza, eran detestables, con frecuencia usaba el retrete sin jalar la cadena, y dejaba pasta de dientes esparcida por todo el lavamanos. Vinícius era de esos fanáticos histéricos de fútbol, gritaba los goles sin importar la hora, cantaba de forma molesta cada tanto con esa música atorrante que atravesaba las paredes de mi cuarto y se reía de forma viciosa con los dibujos animados que veía diariamente. No obstante, lo que no podía tolerar es que venía en dupla, pues su novia prácticamente vivía en el departamento, significando así un uso eterno de la cocina en diversas ocasiones, duchas conjuntas y sesiones de bullicioso acto sexual que incluso llegó a estremecer la pared que nos separaba en extrañas horas de la madrugada. Cabe destacar, que el tipo era ampliamente infiel, en más de una ocasión llevaba otras mujeres a su habitación, y llegó a mostrarme fotos sin censura de ellas, lo cual lo convertía en un pedazo de carne que iba desperdiciando el oxígeno tan preciado por el resto de la humanidad.
Por otra parte, el cuarto siguiente que se mostraba tras cruzar en dirección contraria, llegó a acoger a varios huéspedes a lo largo del año. Arthur fue el primero, un flaco alto, moreno, ecléctico, de una vibra particular, como si estaba ebrio todo el tiempo, y de hecho sí, en algún momento vi como cerraban el gas para que no se atreviera a usarlo de madrugada y lo dejara abierto, matándonos así a todos en una miserable explosión. Luego llegó Felix, desaliñado, extremadamente delgado, y por mucho, el más joven de todos. En ocasiones su madre llegó a venir a la casa, y aseaba las áreas comunes, permanecía en su cuarto y debía soportar al resto de las bestias en su habitat natural. El desenlace de Felix fue gracioso, ya que no soportó vivir con nosotros, y rompió el contrato intentando encontrar a alguien más que quisiera ocupar su habitación. Tal intento infructuoso resultó en que Bruno se flexibilizase y lo dejara salir sin pagar la multa asociada.
En último, desembarcaron Felipe y Luis, una pareja de un pueblo aledaño, que se convirtieron en los más críticos por largo tiempo. Ambos eran sumamente quisquillosos ante la idea de que el propio Bruno tuviese llaves de la entrada del apartamento, cuando en realidad, siempre que estaba en la casa era con el fin de resolver algún problema de plomería, fallas eléctricas u otros servicios. Además, eran consumidores frecuentes de marihuana, con su olor que permeaba algunos puntos de la sala o los cuartos. Junto a ellos llegó un concepto de fraternidad nunca antes visto, que llevó a organizar noches de juegos de mesa con Vinicius y su novia, aunque por suerte duraron poco, por quejas de los vecinos.
El tercer cuarto era ocupado por una pareja, los únicos compañeros normales. Pedro y Luan llegaron a salvarme en múltiples ocasiones, manteníamos la misma visión por la limpieza, compartíamos provisiones, e incluso llegaron a regalarme algunos contenedores de comida cuando recién llegaba y no tenía absolutamente nada. Pedro trabajaba como diseñador gráfico en un museo popular de la ciudad, mientras que Luan era repostero. Con ambos siempre conversaba por horas, entre esas charlas que podían durar horas mientras cocinábamos. A pesar de la afición de Luan por discutir temas sexuales, a lo cual Pedro reaccionaba con cansancio y desidia. Sus vidas eran bastante sedentarias, colmadas de rutina, sin ganas de aventurarse hacia algo distinto a lo común, y por ello no eran una molestia, sinceramente casi ni se sentían. Sin embargo, tenían sus defectos, como los largos baños de Luan, ocupando la única ducha por más de media hora.
Finalmente, la joya más brillante de la corona se alojaba al final del pasillo, en el último cuarto del apartamento. Todos reconocíamos que Eduardo era un personaje, un estereotipo clásico que con su presencia, sumado a Vinícius, generaron un clima pesado en el apartamento. Él trabajaba como entrenador personal en un gimnasio, era calvo, con barba, y pesaba casi noventa kilos. Diariamente comía ocho veces al día, teniendo la misma dieta desde que lo conocí, comenzando por unos cinco huevos en la mañana, shakes de proteínas, almuerzos de arroz integral, brócoli y pollo, y así sucesivamente. El impacto medioambiental que tenía su forma de consumo, digamos que era su problema, para no poner un peso extra sobre el resto de desfachateces a las que nos sometía, acostumbrando no lavar nada de lo que usaba hasta el final del día, acumulando pilas de suciedad que alimentaban a las cucarachas, lo cual lo hacía el principal culpable de la peste que sufríamos, y nunca hubo forma de que lo entendiera. Disfrutaba dejar su ropa secándose por días, en un balcón que sólo contaba con dos tendederos, y si te dirigías a él para que la recogiera, podría decirte que si querías usar el espacio, le dejaras la ropa doblada en la sala, removiendo su delicada ropa interior para disponerla en la mesa del recibo. Era evidente que no tenía ni una pizca de consciencia sobre el uso de recursos compartidos, y asociaba que, en caso de alguien necesitar una olla que estaba ocupada por su carne molida, o la sartén que nunca estaba limpia para cocinar, debías enjuagarla o colocarle su comida en un contenedor amablemente.
Esta jungla formó parte de mi vida todo un año, y estos son tan sólo los animales que habitaron en mi espacio, así fue un camino vertiginoso por estrés, pesadillas y peleas que desgastaron mi rutina diaria de forma excesiva, siendo este apenas el inicio.
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