La Jungla - Parte II
Lunes, 06:00 am,
De a poco me voy incorporando, la alarma biológica me despierta siempre en el mismo horario. Ruidos provienen del cuarto de al lado, ese insolente chirrido de las bisagras cada vez que se abre la puerta. Sólo demorará treinta o cuarenta minutos entre ducha y alistarse para largarse al trabajo. Mi nivel de hastío es tan alto, que evito cruzármelo para no ahondar más el foso donde quedó el resto de mi paciencia.
Al final del pasillo, la cocina amanece como de costumbre, evidentemente no tiene tantas cucarachas como en las madrugadas, pero de igual forma pueden verse. En instantes surgirá una pelea con alguna que esté cabalgando la nevera, para evitar que termine por colarse dentro al abrir la puerta. Los almacenes están llenos de ellas, los mismos donde todos apilan su comida, desde pan de sandwich, enlatados, galletas, y mucho más. Nunca cambié de opinión, me rehusé fervientemente a hacer uso de este espacio, dejando sólo aquello que estaba sellado frente a estos despreciables insectos. Mi estrategia era diferente, compré un contenedor gigante, de esos donde se pueden guardar cientos de cosas, y empecé a usarlo para almacenar toda clase de alimentos y fruta que colocaba en la pequeña mesa de mi habitación. Sin duda, era tranqulizante mantener los suministros a sólo metros de distancia, aunque esto no evitase que en múltiples ocasiones me despertara de madrugada, encendiera la luz y observara una cucaracha trepando la pared, buscando la fuente de comida. No tenía caso, eran implacables.
En principio, sentí una necesidad agobiante por satanizar lo incorrecto, expresando mi descontento ante las terribles circunstancias del apartamento. Mis reclamos, directamente a Bruno o a través de un grupo de Whatsapp, parecían sólo canalizarse hacia la convocatoria de reuniones entre inquilinos y dueño, lo cual resultaba en aparentes ideas que no derivarían en mejora alguna. Era repetitivo, otra vez un toque en la puerta que anunciaba el momento de juntarnos en la sala a escuchar una perorata que se extendía por horas, resaltando las eventualidades suscitadas, críticas, y un mar de posibles soluciones que se irían descomponiendo al tiempo, para nunca ser implementadas. Esperaba tranquilo, perdiendo una noche más de mi vida, mientras escuchaba el supuesto compromiso que todos hacían para eliminar el mal rumbo que llevábamos. Pero más que cualquier otro, Eduardo nunca entendió la regla más básica de usar, lavar y guardar. Eran infinitas las excusas que se acumulaban una tras otra para justificar el no enjuagar inmediatamente, siendo el peor símbolo de esto aquella sartén, que parecía haber nacido con restos de aceite y huevo adherido, sin dejar otra opción diariamente que lavarla para cocinar en ella.
Las quejas a Bruno aumentaban, pues el diálogo entre nosotros era inexistente. Con el tiempo, caló la iniciativa de tener mayor limpieza, impulsada por el mismo Bruno, quien clasificaba como inútil el esfuerzo por fumigar contra la plaga si continuaba el statu quo. Efectivamente, algo cambió, comenzamos a tomar fotos de la suciedad y enviarlas al grupo. Mas era inútil, el acusado siempre era el mismo, y recibíamos su explosividad y molestia, llegando así a terminar con el boicot fotográfico. Tras un tiempo, se jugó la última carta... Bruno decidió instalar cámaras.
Muy a pesar de las críticas, comenzó el espionaje. Tres cámaras de video fueron desplegadas apuntando hacia la entrada, cocina y pasillo, con lo cual cesó un poco el desorden. Ya no eran tantos los platos y ollas apilados para lavar, sí se colaba un ocasional tenedor, cuchillo, y quizás algún vaso. Inicialmente, con seguridad todos usamos el sistema de vigilancia para notificar ocurrencias que nos incomodaban, pese a que Bruno se mostrara cansado de actuar de policía entre un grupo de hombres adultos bajo el mismo techo, por lo que renunció a la labor detectivesca tras pocas semanas. Sin embargo, trajo ciertas ventajas, ya la novia de Vinícius no frecuentaba el apartamento, Eduardo dejó de invitar decenas de mujeres mensualmente, y se descubrieron duchas compartidas, algo que difícilmente podría no notarse, ya que el apartamento contiguo era de la madre de Bruno, y como no es sorda, se aturdió por los ruidos sexuales provenientes del baño, que entraban directamente por su ventana.
A pesar de ello, el clima se mantenía pesado y seguiría siéndolo mientras el sistema de división de tareas estuviese destinado al fracaso. La asignación de áreas a cada morador sufría la falta frecuencia (aseando una vez por mes), y tampoco abundaban los ánimos por gastar tiempo en ello si bastaban días para encontrar sucio el pasillo o maravillarse con pasta de dientes desperdigada por el lavamanos. La capacidad de vivir en la mugre era grotesca, presentando todos los niveles de irreverencia, desde comida podrida en la nevera junto a algún cadáver de huevos de insectos, papel de baño mal descartado en la papelera (para poder ver el interior del intestino de alguien en la superficie del papel de baño), los muebles que Vinícius movía de un lado a otro a elevadas horas de la noche, esa música a alto volumen, risas enervantes, y ropa mojada encima de alguna camisa seca en el tendedero.
A pesar de ello, el clima se mantenía pesado y seguiría siéndolo mientras el sistema de división de tareas estuviese destinado al fracaso. La asignación de áreas a cada morador sufría la falta frecuencia (aseando una vez por mes), y tampoco abundaban los ánimos por gastar tiempo en ello si bastaban días para encontrar sucio el pasillo o maravillarse con pasta de dientes desperdigada por el lavamanos. La capacidad de vivir en la mugre era grotesca, presentando todos los niveles de irreverencia, desde comida podrida en la nevera junto a algún cadáver de huevos de insectos, papel de baño mal descartado en la papelera (para poder ver el interior del intestino de alguien en la superficie del papel de baño), los muebles que Vinícius movía de un lado a otro a elevadas horas de la noche, esa música a alto volumen, risas enervantes, y ropa mojada encima de alguna camisa seca en el tendedero.
Vivíamos al borde de una represa a punto de colapsar, una bomba de tiempo próxima a la catástrofe. Y por ello, dediqué el mayor tiempo posible a permanecer en mi cuarto, con la luz apagada, en total silencio mientras oía música leyendo algún libro. En esa habitación me transportaba a un mundo de seguridad, inalcanzable para el resto a través de una puerta que siempre se mantenía sellada. Se hizo habitual ausentarme de las áreas comunes, sólo que era imposible tapar el sol con un dedo, las problemáticas continuarían afectándome a pesar de mi precaución. Aprendí que las personas raramente cambian, y que la dejadez de Bruno era constante... Tras cinco meses la fumigación tomó lugar. Y dicho sea de paso, las cucarachas hubiesen regresado si no hubiésemos realizado labores titánicas para que se mantuviera aseada la cocina.
Estaba harto, entraba y me transformaba en esa fría aceptación por el hecho de vivir entre animales. Entré en una etapa más oscura, donde pocas cosas importaban dentro de la casa, dejando de hablar con varios de ellos, y cerrándome a la opción de reclamar. Cada uno aseguraba tener la razón, desde su viciada perspectiva de la realidad y del desorden, pensaban que yo estaba obsesionado con el orden y que debía tranquilizarme. Toda esa frustración crearía un cúmulo de ira reprimida que pronto iba a explotar, sólo era cuestión de tiempo para abrir paso a una era de venganza.
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