La Jungla - Parte III

Meses después...

La vida es una pila de eventos, un grupo de infinitos caminos y acontecimientos que van sumando a nuestra historia. Al final de la cual, nos damos cuenta que no existen blancos o negros, estamos cubiertos en grises.

Con esta reflexión me despierto al ver en retrospectiva los vivos recuerdos que describen perfectamente mi vida en Brasil. Con total certeza evité la locura al descubrir una mochila y un destino desconocido. La vida sin rumbo al recorrer un gigante me dio óxigeno, permitiéndome cambiarle de ropa a mi alma, renovándome tras cada bus o avión al que subía. Múltiples ciudades del estado de Minas Gerais, Rio de Janeiro, São Paulo, Foz de Iguaçu, Espíritu Santo, tantos lugares lindos conocí al reconocer que habitaba en una tierra bendecida, cubierta por paisajes únicos esperando ser descubiertos. 

Aquella persona que había llegado a final de Mayo a Belo Horizonte, reparaba cada vez menos en todo lo que no estaba en sus manos resolver, desistiendo de luchar contra un colectivo irreparablemente indispuesto al cambio. Simplemente yo era distinto, la mente se desprendió del pasado y aceptó un presente de indiferencia; sobre todo tras recorrer Paraguay, cuando tuve un despertar del cual estoy ampliamente agradecido. 

Sin embargo, mi tolerancia era baja, a pesar de mi indiferencia ser alta. Bajo tales circunstancias surgió un monstruo, producto de la suma de frustración junto a la incapacidad de librarme del alquiler. Aquel demonio era vengativo, aparecía ocasionalmente para evitar que llegara a la locura ante el abuso y la vejación.

Al principio fue leve, se presentó ante situaciones como la falta de espacio para secar la ropa  cualquier día de la semana. La falta de consideración era latente a través del repetido uso de la lavadora, asociado además al olvido por recoger las pertenencias en el tendedero. Progresivamente fui optando por lavar a mano, así no me confrontaba a nadie por usar la máquina, siendo en último una ventaja cuando esta cedió ante el excesivo uso.  Sin embargo, el brote rabioso lo viví al llegar al balcón, donde descansaba mi ropa seca bajo alguna prenda ajena recién lavada, totalmente húmeda. En ese momento, la ira se apoderó de mi, comencé a apartar mis cosas y tomé aquel trapo húmedo para limpiar todo el suelo del área de un lado a otro, hasta colgarlo en otro espacio, como si nada hubiese sucedido, reluciendo una negra mancha de polvo y sucio sobre ella. En otras ocasiones, usé sangre falsa para manchar permanentemente alguna camisa que tuviese la semana entera reposando en el tendedero. Aquel monstruo se confundía con la realidad, y me impide recordar si el odio me llevó a lanzar algunas medias por el balcón, o sólo fue una fantasía momentánea. 

Por otra parte, en el baño ocurrieron peores descargas de rencor, y como dicen que el ladrón se cuida de ser robado, siempre mantuve extremo cuidado por no dejar mis pertenencias desperdigadas por el departamento, no quería ni podía confiar en ninguno de ellos. La idea de alocar productos de higiene en el cuarto de baño no era mi estilo. Increíblemente, esto me dio pie a aprovechar circunstancias cuando mi desprecio por todos estaba lo suficiente alto. Una de estas, cuando Vinícius olvidó su toalla colgada, esa misma que cubría su cintura al terminar de ducharse. Dicho momento fue glorioso, desde una retorcida y delirante forma de pensar, cuando aquel trozo de tela se prendió a mi mano para no separarse en un proceso de únicos minutos limpiando el inodoro exhaustivamente, desde la tapa hasta el interior del retrete, con preciosos segundos sumergiendo la toalla para que se perfumara de una fragancia nauseabunda. Tampoco me arrepiento del día del juicio de Eduardo... Espero haya mejorado el cuidado de su barba con las gotas de orine que mezclé cuidadosamente en su shampoo ahora más especial.

Por último, la cocina fue el campo final de batalla. Usualmente buscaba estar solo allí, eligiendo horarios poco convencionales, pero en las noches era difícil, aún más de ser necesario mucho tiempo de preparación. Este era mi primer error, por tener costumbre de cocinar granos o frijoles en horario nocturno, usando la única olla de presión disponible. Aquel día, sin embargo, cuando llegué, noté que estaba ocupada, sin que nadie tomase responsabilidad por el spaghetti dentro. Tiempo después, Félix, aquel larguirucho joven recién llegado respondió que era suya, mas tuvo que salir y volvería horas después. Las ideas fueron rápidas y calculadas, indignado por tal dejadez, intolerante ante la desconsideración, netamente inflexible a alguna solución frente a la vagabundería ajena. Tuve que ser muy cuidadoso, para no ser atrapado en cámara, y abrir las puertas de la nevera mientras fingía ordenar, al tiempo que depositaba un cadáver de cucaracha dentro de la olla. Realmente fue una pena no tener tiempo de camuflarlo, tal vez así lo hubiese tragado.

Después de una eternidad, mis últimas semanas en Belo Horizonte fueron bastante tranquilas, casi parecía imposible imaginar todo lo ocurrido. Eduardo optó por mudarse, argumentando que estaba cansado de vivir con nosotros, mientras que la realidad era al contrario. No perdió tiempo y decidió insultar abiertamente a Bruno por miles de razones que probablemente no merecían ser divulgadas, sin duda, pensaba que tenía toda el sentido del mundo, aunque bajo ningún orden de ideas él era un modelo a seguir. Por otra parte, Vinícius manifestó su intención por renovar el contrato, aunque fue rechazado, teniendo que empacar sus cosas y largarse con la cola entre las patas, brindando paz a todo el entorno que rodeaba mi estancia en la habitación, llevándome inclusive a dejar la puerta abierta. 

Exactamente al transcurrir un año, había llegado el día. Bruno me despedía agradeciendo haber sido el huésped que nunca dio algún tipo de problemas, mostrando su buena fe por recibirme nuevamente en caso de volver a la ciudad algún día. Incluso llegó a obsequiarme algunos souvenirs para que pudiera recordarlos a él y a su madre. 

Uruguay me esperaba, una vida de viajes con aparente rumbo y muchas incógnitas por resolver... El destino me depararía nuevos destinos, reencuentros, nuevas personas y mil historias para contar. 

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