Comida, Paisajes, y Gente - Cali

Lo bueno se hace esperar... 

Nunca fui muy devoto de tal frase, aunque en más de una ocasión me demostrase su poder. Esta quizás sea  la historia más representantiva de dicha oración, pues narra de forma inesperada cómo los reveses sobre las autopistas del mundo, pueden resultar en gratificantes experiencias sólo apreciadas en retrospectiva. Porque dulces son los frutos de la adversidad, y la vida nos colma de ellos.

Fue así como aquel 16 de Noviembre de 2019, cercano a la Avenida Caracas, desperté temprano, dispuesto a abandonar el frío y estrés de Bogotá. El día estaba trazado por la promesa de llegar sin demora a la terminal de buses. Aunque desafortunadamente, los horarios estaban limitados por el feriado. Y a la espera del Transmilenio surgía una creciente ansiedad, que me llevaría a correr para llegar a tiempo. Más por precaución que por necesidad, me hallaba nuevamente precipitándome ante la urgencia, frente a mi primer viaje en bus dentro del país. Contando los minutos restantes a la hora de salida, calculando la distancia que debía recorrer, y tantas más nimiedades, que en el momento parecían lo más trascendental del universo. 

Por suerte, el destino fue justo y no llegué a atrasarme. Ya en la terminal, apenas abordé, el drama desapareció, dándole paso a la nostalgia. Ocasionalmente se volvía difícil despedirse de ciertos lugares. Bogotá significó mucho más de lo que esperaba; un lugar de reencuentros, historias, y momentos únicos que fueron la primera cara que conocía de Colombia. Este tipo de reflexiones ya eran costumbre, para una mente que vive girando por el continente, sobreanalizando cada experiencia.

Y mientras estaba recordando, todo tren de pensamiento frenó. El infernal tráfico que se veía a través de la ventana se extendía más allá del horizonte. Nos detuvo por completo durante largos minutos, que transcurrían entre un refrigerio, y alguna película que terminaba sólo para abrir paso a la siguiente. A medida que pasaba el tiempo, solamente interrumpimos para almorzar, pasadas las 02:00 p.m., en un lugar de comida tradicional abarrotado de clientes.

Afuera, la situación no había cambiado en lo absoluto. La innumerable fila de autos continuó sin prisa, tanto que, el camino se acortaba y la terminal de buses aparecía pasada la medianoche. Sin perder un segundo, un taxista me condujo entre las desérticas calles, cargado por la astucia de pasearme aumentando el taxímetro. Por suerte, no estaba demasiado lejos para ser desfalcado por completo. Y ya frente a la casa donde me hospedaría, con ambas mochilas sobre los brazos, el clamor de la puerta retumbó con insistencia. La noche se hizo eterna, acompañada por algunas llamadas telefónicas que no tuvieron respuesta. No tenía caso, mi anfitriona dormía y el nerviosismo incrementaba, al punto de causar una desesperanza tan grande que resultó en renuncia. Entré en el taxi nuevamente, debía buscar donde pasar la noche.

Unas calles más atrás, cruzando la avenida principal, caí de bruces ante las puertas de La Diosa del Amor, el hogar de los dulces sueños de aquella madrugada que recuerdo con ironía. El tono azul claro y la desgastada cerámica que antes había sido blanca, conducían hasta el segundo piso. Y ya dentro de la habitación, un espejo gigante remontaba sobre la cama. En la esquina, imágenes bíblicas yacían junto al pequeño menú gastronómico estampado contra una pared. Al fondo del pasillo, una estridente música resonaba, y algunas puertas estaban abiertas para terminar la limpieza. En general, no se veía sucio, pero creía que sólo tocar la cama me llevaría al lecho de muerte. Por tanto, sólo por prevención, llegué a dormir en posición fetal sobre mi sweater, evitando todo contacto con las sábanas, y calmando el hambre con galletas de coco. 

Horas más tarde, fuera del manicomio, recorrí la misma ruta hasta llegar a casa. Donde la Sra. Irma me recibiría, disculpándose reiteradamente. Había nacido en Armenia, una ciudad cercana, pero vivía en Cali desde muy pequeña. Pasaba de los cincuenta años, militante de izquierda, y su hijo vivía en Brasil (el país en el que menos quería estar yo en ese momento). Tenía un lugar bastante amplio, con un par de cuartos disponibles para alquiler, y todas las comodidades necesarias, incluyendo el toque extra de amabilidad caleña.

Ahora, lo mejor sucedía afuera, donde el panorama era vibrante. Cali, entre sus calurosas calles y avenidas, esconde rasgos especiales. No es una ciudad muy vertical, aglomera sus edificios en el centro, donde yace el emblemático Boulevard del Río. Sus paredes se tiñen de colores que conforman murales artísticos, esculturas majestuosas, y bares que erigen el lugar de encuentro entre adultos. Justamente por estos lares me sorprendió por primera vez la gastronomía caleña, cubierta de sabores y combinaciones magistrales. En este caso, una cerveza acompañada de un aborrajado, un platillo de forma casi cilíndrica, preparado con delgadas tajadas de plátano maduro, que se fríen y rellenan con queso, para ser cubiertas por una mezcla de harina, leche y huevos.

En las adyacencias continuaba mi recorrido, entre edificaciones históricas, antiguas iglesias y museos. Algo era distinto, las raíces africanas estaban presentes por doquier. Sólo bastaba detallar a los pobladores mientras caminaban, la cotidianidad, las características de la comida, pero sobre todo los sonidos. El Valle del Cauca es el hogar de la salsa,  una mezcla de ritmos desplegada a través de academias y sitios de baile en múltiples direcciones. No sería anormal decir que me topé con alguna clase gratis en la plazoleta Jairo Varela, encajada entre un museo que rinde honor al género musical, y su monumento de gigantes trompetas, que emiten las más vivas tonadas cuando se entra en cualquiera de ellas. 

Cada trozo de Cali tenía sazón, melodías del cítrico sabor de la lulada, bebida tradicional que se prepara con lulo, sin retirar la pulpa y mezclada con jugo de limón.  El Champu, hecho con piña, maíz y lulo, conformando una bebida más espesa y con un toque extra de dulzor.  Y ya luego, en la cumbre de la expresión culinaria, el menú que degusté frente a una vista panorámica de la ciudad. Empezaba por marranitas, una fritura de plátano verde relleno con chicharrón de cerdo crocante y triturado, formando una esfera mediana. Finalizando con arroz atollado, un tipo especial de arroz que contiene pollo, cerdo, y varios tipos de verduras; junto a patacones, algún pescado fresco, y por supuesto una refrescante lulada. Definitivamente, la diversidad de platos en esta región es magnífica, sin hablar de las preparaciones del pescado que experimenté en el Mercado Alameda.

Lentamente, Colombia comenzaba a conquistarme, e iba dando ligeras muestras de una mítica realidad... En el fondo, no existe separación con el país vecino. Las similitudes se manifestaban de forma más evidente cada vez, y estando lejos de casa, el país hermano empezó a cubrirme entre sus brazos.

Cali, rodeada por la Cordillera de los Andes, aún guardaba experiencias para ofrecerme. Aunque debía continuar recorriendo, quizás con algo de arrepentimiento (ahora que lo veo en restrospectiva), decidí marcharme. Por esos días el paro nacional se hacía sentir en todas las grandes ciudades del país,  y la Bogotá que había dejado atrás, permaneció encendida durante días.

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