Historias de hospedajes - Capítulo 4
Huertas en casa
Tras abandonar territorio brasileño, comenzaba la historia de meses continuos viajando sin rumbo, donde ansiedad y planificación eran monedas comunes. Montevideo, la primera parada en el plan, me acogería por doce días, tiempo suficiente para conocer la capital del pequeño país al sur del continente.
Inicialmente, había rentado una habitación por Airbnb sólo unos días antes de mudarme de lugar. Aquella era una casa enorme, de varios pisos y con muchas habitaciones rentadas por su dueño, Líber, a personas de diferentes nacionalidades. El ambiente era bastante cómodo, con múltiples espacios comunes, a través de los cuales llegué a compartir con las primeras personas que me comentaban de la normalidad de un tema en específico. La marihuana era todo menos un tabú. Aunque su olor no estaba presente a lo largo de la ciudad, como pasa con otros destinos, su consumo era bastante habitual en muchas personas. Incluso bajo ese techo conocí a dos consumidores, que de forma desmesurada fumaban a diario. Hasta el mismo Líber tenía su cultivo en la azotea, un par de plantas que se erguían ansiosas por algo de luz solar.
Posteriormente, cuando me mudé a casa de Marcelo (al que conocí viajando en Rio de Janeiro). Y me conminó a cancelar mi reserva original de veinte días en Airbnb, para quedarme en su casa. Allí la historia era distinta, se hablaba de mariguana como el entretenimiento más básico, en todas sus presentaciones y variedades. Mientras que otras drogas como cocaína, éxtasis, y otras que ni siquiera conocía, tomaban la escena principal.
Sin duda, para la sociedad uruguaya, la consciencia del uso de estupefacientes siempre había estado presente. No obstante, a diferencia de otras sociedades, la prohibición y el prejuicio que rodean su uso no existen. La lucha del estado por controlar y comercializar su venta era un asunto que hacía años se venía gestando, al punto tal que el registro en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis, y la membresía en clubs cannábicos no es inusual.
Baños y duchas
Los primeros síntomas del mal de altura se hacían presentes, el dolor de cabeza constante y la leve dificultad para respirar. Durante una semana me enfrenté a esta tortura en Potosí, Bolivia. Aunque todo castigo tenía su compensación, en este caso, mediante comidas exóticas como kalapurka (sopa que se sirve con piedras calientes), cerveza, y visitas a lugares increíbles como la mina del Cerro Rico.
La distancia a Uyuni era escasa, poco más de un par de horas a mitad de noche y estaba en camino. En el medio de la oscuridad circundante de las vías bolivianas, casi se puede tocar las estrellas con los ojos, a pesar de que el frío comience a penetrar el vehículo y enfriar los huesos. En esta región en específico, esta realidad era ineludible. Y una vez que llegué, no sólo tenía ese problema, tampoco había reservado un lugar para dormir. En la oscuridad, caminando por las calles, sólo contaba con algunas recomendaciones de hostels, entre la soledad que sólo se interrumpía por los perros paseando en busca de comida en los restos de basura. Sin éxito, volví a la zona de buses, donde fui abordado por una mujer ofreciéndome tours por el salar al día siguiente. A pesar de mi desconfianza, acepté conversar con ella y entrar a su oficina, que estaba en la calle siguiente. Le prometí volver por la mañana y me acompañó hasta un hostel, de esos con una pequeña televisión en blanco y negro, cuartos tétricos y un ambiente donde probablemente un asesino se esconde.
Horas más tarde, antes de disfrutar el paseo por el famoso Salar de Uyuni, entraría al baño compartido del hostel, un lugar inhóspito donde apenas habían puertas. Y no sería el último encuentro con circunstancias adversas en cuartos de baños. Otro episodio de terror sucedería semanas después en Cochabamba, cuando restaba pocos días para despedirme de Bolivia, en medio de la crisis política tras el fraude electoral de Evo Morales.
Aquella casa en la que me hospedaba, tenía una ducha con el clásico dispositivo eléctrico para calentar el agua encima de la caída de agua, lo que siempre me ha parecido pésima idea, juntar agua y electricidad a tan corta distancia.
A pocos minutos de empezar a ducharme, la temperatura fue aumentando hasta llegar a un punto intolerable. Desconcertado, cerré la llave, pero el calentador continuaba sonando como si estuviese encendido. Inmediatamente comenzó a aumentar lo que ya era un estruendo, y una manguera terminó por desprenderse, mientras corría hasta el rincón más cercano para ver una densa capa de humo por toda la atmósfera del baño. Con las pulsaciones cabalgando sin cesar, e impedido de correr lejos por estar desnudo, continuó el suspenso durante unos minutos. Poco después, la nube se disipó y observé el calentador totalmente destruido.
Un paraguayo
Paraguay esconde tradiciones y particularidades, en especial, la ciudad de Encarnación guarda un espacio cercano en mis recuerdos de viajes. Pensar en sus atardeceres increíbles, copados de colores majestuosos, y sus playas artificiales que asoman de fondo la frontera argentina, me hacen pensar que tal vez algún día vuelva a vivir experiencias entre sus aceras.
Viajaba con mi amigo Francisco y su novio Gabriel, hospedados por un couchsurfer, el querido Iván. Un personaje pintoresco, de baja estatura, algo de sobrepeso y un espíritu animado, que nos mostró su ciudad, regalándonos experiencias graciosas.
En especial, una noche que bailábamos en el lobby del hostel donde nos había recibido, se creó una pequeña fiesta entre cerveza y el ritmo del reggaeton, abriendo paso al coqueteo de Iván hacia Francisco. Por casualidad o estratégicamente, Gabriel y yo terminamos caminando con un argentino que estaba dentro del grupo, mientras Iván y Francisco compartían un tiempo a solas. Terminamos por fumar un porro paraguayo, en el medio del desordenado apartamento de nuestro recién conocido sureño, que alardeaba de ser escoltado por mujeres cada noche, razón por la cual, la cama estaba tan desprolija.
Al rato, palpando el efecto que se mezclaba con el alcohol que teníamos en nuestro organismo, regresamos de vuelta con Fran. Ya Iván estaba mucho más animado, probablemente consumió algo más que todas las cervezas extra que bebió. Íbamos rumbo a un festival en la playa, con un Iván que se mantenía saltando y actuando desmedidamente, incluso con los brazos sobre los hombros de Gabriel y Francisco, como un trío de compadres drogados. Para un país tan conservador como Paraguay, aquella escena era incómoda, o por lo menos lo era desde mi perspectiva. Por eso intentaba mantener mi distancia unos pasos más atrás, como si no los conociera, en caso de que llegara la policía. Por suerte, llegamos al sitio, donde pasamos la noche con Iván gritando y bailando eufórico.
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