Historias de Hospedajes - Capítulo 5
Picó un pescado
Era la primera vez que se hacía presente esa sensación de desconocer donde me encontraba. En los últimos dos días había cruzado de norte a sur el territorio uruguayo, sólo para descubrir Colonia de Sacramento. No habría pensado que recorrer Uruguay me tomaría tan poco tiempo. Aunque es cierto, en aquel entonces tan sólo era un pez que comenzaba a adentrarse en esta vida de eterno movimiento. Y Buenos Aires sería el puerto seguro que tocaría por un mes.
Con Isaac tenía una amistad de más de cinco años, habiendo estudiado en el mismo colegio y manteniendo el mismo círculo de amigos durante largos períodos. Así que, habíamos acordado que me hospedaría con él cuando llegase el momento de visitar la ciudad. Y aquel 07 de Julio de 2019, el barrio de Chacarita era testigo de un rencuentro de dos viejos colegas que llevaban un par de años sin verse.
Durante un mes compartiríamos un monoambiente, hábitat fraternal donde nuestros horarios chocaban de forma inevitable, entre mis mañanas y las jornadas nocturnas de Isaac. Recuerdo que ajustar mi rutina tomó un par de días, y no tenía demasiadas opciones para no interrumpir el frágil sueño de mi compañero, que en un espacio tan pequeño, era perturbado por el menor ruido. Así que, cada día llevaba un par de golosinas al baño y me encerraba dentro. Trabajaba en mi computadora, sentado en una silla, apoyando los pies durante horas sobre la tina. Siempre fue una lucha cerrar la puerta, pues hacerlo producía un estruendo espantoso. Y ya pasadas las 10:30 a.m., algún alarido matutino se presentaba, indicando que ya todos estábamos despiertos. Instante perfecto para salir del confinamiento, abrir las persianas, contar algunos chistes, colocar algo de música y continuar trabajando en un pequeño escritorio.
Por las noches, ya el ritual era distinto. Cuando recién estaba por dormir, Isaac apenas estaba volviendo. Frecuentemente conversábamos durante algunos minutos hasta que el sueño me vencía, mientras que mantenerme dormido a lo largo de la madrugada, llegó a ser difícil en ocasiones. Sobre todo, tras haber concluido que podría apodarlo camarón, o algún tipo de criatura acúatica que se retuerce por su vida durante la noche. Sus violentos giros (balancéandose de un lado a otro) quizás fuesen la batalla contra algún monstruo presente en sus pesadillas. Además, dudo poder borrar de mi memoria algún chapuzón o salto exagerado que tomase para aventarse a la cama, casi provocándome un infarto. O tal vez, alguna risa estridente mientras trabajaba a mi lado, razón por la cual comencé a utilizar audífonos para dormir.
En el interín, nos encontrábamos durante la tardía mañana o la tarde, espacios dispuestos para algún recorrido por la ciudad o atender a un evento. Yo la tenía bien pensada, sin saberlo estaba en una de las capitales más maravillosas que haya conocido, llena de vida, belleza y una energía propia. Así que cada tarde me adentraba entre sus barrios, caminando por kilómetros y atravesando las rutas del subterráneo. Algunos planes que compartimos como la Filarmónica de Israel, noches de tragos en bares, y alguna atípica salida a una discoteca, fueron grandes momentos de mi estadía entre los confines de Capital Federal.
Además, la convivencia diaria formaba un mar de vivencias. Los fines de semana dispuestos para limpiar el departamento, que siempre terminaban por asomar algún objeto perdido por Isaac. Como regla general, terminé por desempeñar el liderazgo en la cocina. A pesar de siempre recibir críticas por la cantidad de arroz que preparaba, o por tener predilección a cocinar granos y vegetales.
Con el tiempo, creo que llegamos a necesitar un espacio, coincidiendo con mi partida. Aquel día que abandoné Buenos Aires, la lluvia y el frío estaban muy presentes, todo se sentía gris y las lágrimas querían estallar. Sin duda, un lugar que conquistó mi alma como ningún otro, lo cual es sumamente peligroso para quien no quiere vivir en ningún lugar. A pesar de la tristeza, seguí adelante, ya Rosario me esperaba, tras un mes sin mudanzas.
La tonada cordobesaCon Isaac tenía una amistad de más de cinco años, habiendo estudiado en el mismo colegio y manteniendo el mismo círculo de amigos durante largos períodos. Así que, habíamos acordado que me hospedaría con él cuando llegase el momento de visitar la ciudad. Y aquel 07 de Julio de 2019, el barrio de Chacarita era testigo de un rencuentro de dos viejos colegas que llevaban un par de años sin verse.
Durante un mes compartiríamos un monoambiente, hábitat fraternal donde nuestros horarios chocaban de forma inevitable, entre mis mañanas y las jornadas nocturnas de Isaac. Recuerdo que ajustar mi rutina tomó un par de días, y no tenía demasiadas opciones para no interrumpir el frágil sueño de mi compañero, que en un espacio tan pequeño, era perturbado por el menor ruido. Así que, cada día llevaba un par de golosinas al baño y me encerraba dentro. Trabajaba en mi computadora, sentado en una silla, apoyando los pies durante horas sobre la tina. Siempre fue una lucha cerrar la puerta, pues hacerlo producía un estruendo espantoso. Y ya pasadas las 10:30 a.m., algún alarido matutino se presentaba, indicando que ya todos estábamos despiertos. Instante perfecto para salir del confinamiento, abrir las persianas, contar algunos chistes, colocar algo de música y continuar trabajando en un pequeño escritorio.
Por las noches, ya el ritual era distinto. Cuando recién estaba por dormir, Isaac apenas estaba volviendo. Frecuentemente conversábamos durante algunos minutos hasta que el sueño me vencía, mientras que mantenerme dormido a lo largo de la madrugada, llegó a ser difícil en ocasiones. Sobre todo, tras haber concluido que podría apodarlo camarón, o algún tipo de criatura acúatica que se retuerce por su vida durante la noche. Sus violentos giros (balancéandose de un lado a otro) quizás fuesen la batalla contra algún monstruo presente en sus pesadillas. Además, dudo poder borrar de mi memoria algún chapuzón o salto exagerado que tomase para aventarse a la cama, casi provocándome un infarto. O tal vez, alguna risa estridente mientras trabajaba a mi lado, razón por la cual comencé a utilizar audífonos para dormir.
En el interín, nos encontrábamos durante la tardía mañana o la tarde, espacios dispuestos para algún recorrido por la ciudad o atender a un evento. Yo la tenía bien pensada, sin saberlo estaba en una de las capitales más maravillosas que haya conocido, llena de vida, belleza y una energía propia. Así que cada tarde me adentraba entre sus barrios, caminando por kilómetros y atravesando las rutas del subterráneo. Algunos planes que compartimos como la Filarmónica de Israel, noches de tragos en bares, y alguna atípica salida a una discoteca, fueron grandes momentos de mi estadía entre los confines de Capital Federal.
Además, la convivencia diaria formaba un mar de vivencias. Los fines de semana dispuestos para limpiar el departamento, que siempre terminaban por asomar algún objeto perdido por Isaac. Como regla general, terminé por desempeñar el liderazgo en la cocina. A pesar de siempre recibir críticas por la cantidad de arroz que preparaba, o por tener predilección a cocinar granos y vegetales.
Con el tiempo, creo que llegamos a necesitar un espacio, coincidiendo con mi partida. Aquel día que abandoné Buenos Aires, la lluvia y el frío estaban muy presentes, todo se sentía gris y las lágrimas querían estallar. Sin duda, un lugar que conquistó mi alma como ningún otro, lo cual es sumamente peligroso para quien no quiere vivir en ningún lugar. A pesar de la tristeza, seguí adelante, ya Rosario me esperaba, tras un mes sin mudanzas.
Pocos días antes del 13 de Agosto de 2019, la aventura surcando Argentina ya tenía nuevo destino. En pleno invierno, Córdoba (capital) se ofrecía a recibirme en una entrega más de estadías con Couchsurfing.
Entre las calles Fray Mamerto Esquiú y Catamarca, el querido Diego alistaba su apartamento para hospedarme. En un pequeño espacio de apenas un dormitorio, con un colchón castigado en una esquina de la sala. Lo cual era la clásica exhibición de masculinidad, pasada de los cuarenta, con un divorcio y apenas utensilios para preparar un almuerzo. Aunque la privacidad que tenía me resultaba de gran agrado. La mayor parte del tiempo estaba solo, pues Diego llegaba muy cansado para interactuar, e incluso se ausentó por una noche para rodearse de cordobesas en apuros. Tales espacios libres servían para repugnarme por los cabellos en la ducha, o el desastre formado por decenas de frascos vacíos en el baño.
Aunque entre sus frías calles, la temática era distinta. Reparando en el desconocimiento que tenía por otras latitudes del país. Reinaba el estereotipo porteño (habitante de la ciudad de Buenos Aires), e ignoraba otros gentilicios, o costumbres... y así conocí la tonada. Era imposible no notar algo particular en Diego, originaba grandes pausas antes de las sílabas tónicas. El tiempo pasaba más lento al llamarme Jorgito, que de forma aproximada, resultaba siendo Joooorgito. Todas las palabras saltaban de su boca y eran procesadas por esta entonación incómoda. Decir que sospeché de una dificultad lingüística, o cierto tipo de deficiencia, no sería exagero. Sin embargo, tal premisa se desmoronó recorriendo las avenidas de Córdoba, ante el eco repetitivo de la misma forma de hablar entre los transeúntes. Exactamente esto es la tonada cordobesa, un rasgo distintivo en el habla de los habitantes de la región, causante de infinitas referencias humorísticas y relatos populares.
Pero más allá de ella, estaba seguro que otras maravillas esperaban a ser descubiertas. Antes tenía que abandonar a Diego, mudándome al Airbnb que dividiría junto a Isaac. El nuevo lugar tenía una ubicación perfecta, a cuadras de distancia de todos los lugares nocturnos y destinos turísticos que tenía previsto visitar. Sin embargo, viajar acompañado contempla otra gama de posibilidades y problemáticas, que ya desde el primer día se hacían presentes en el mal humor de mi colega para llegar desde el aeropuerto.
Nos esperaba una semana juntos compartiendo nuevamente una cama. Esta vez, bajo el gemir incesante de la pequeña gata de los dueños del hogar, que increíblemente comenzó el celo días antes de nuestra estadía. Por si fuera poco, el desprecio de Isaac por los felinos mantenía la puerta de la habitación cerrada. Evitar a toda costa al pequeño animal, que terminaba por buscar a quien lo repudia, se convirtió en tarea cotidiana. Había que concederlo, la gata era tenaz, y a mis ojos, encantadora.
En definitiva, sólo era el inicio de un período intenso, en el que llegábamos pasadas las 3:00 a.m., para trabajar escasas horas después. Los eventos de pizza y cerveza gratis se convirtieron en una grata costumbre, convocados por Mundolingo y su intención de juntar personas para practicar idiomas. Todo se vivía diferente a Buenos Aires, caminábamos por una ciudad estudiantil, con decenas de jóvenes acompañados de sus mates, conversando a lo largo y ancho de las plazas. Era difícil no sentirse a gusto, al igual que era imposible no reírse por salir a bailar con lo categorizamos como un trío de gordas. Y así, cada pasaje que transcurrimos entre encuentros nocturnos, significó haber disfrutado el viaje a plenitud, a partir de planes que giraban en torno a amigos y lugares por conocer.
Pese a ello, el desencuentro se presentó más hacia el final. Ese día volvía horas después de haber salido a correr desde muy temprano. Aún antes del horario normal en que Isaac se despertaba y nos alistábamos para salir de casa, lo encontré en la cocina. Estaba visiblemente molesto por dejarlo encerrado, sin la única llave que compartíamos y con la alacena vacía. Hubiese podido salir a desayunar algo distinto, quizás perderse en la ciudad caminando sin rumbo y luego esperar mi retorno para entrar al departamento. Pero en ese momento, se manifestó lo diferente que somos, y prefirió engullir los mismos granos que nunca le gustaron, junto el resto del arroz. A partir de ese instante, me negué a dividir las compras... cada uno era responsable por sus alimentos.
En fin, los recuerdos continuaron por formarse y el desencuentro era parte del camino. Mucho de lo que vivimos fue gracias a una encantadora chica que me contactó tiempo atrás, estando en Buenos Aires. Ayelén cultivó mi lista de actividades, recomendándome lugares e invitándome a todos esos eventos que pudimos disfrutar. Realmente le debo todos los frutos de esos días, que finalizaron a su lado, en la terminal de buses en que aguardamos tomando mate y degustando su deliciosa comida.
En fin, los recuerdos continuaron por formarse y el desencuentro era parte del camino. Mucho de lo que vivimos fue gracias a una encantadora chica que me contactó tiempo atrás, estando en Buenos Aires. Ayelén cultivó mi lista de actividades, recomendándome lugares e invitándome a todos esos eventos que pudimos disfrutar. Realmente le debo todos los frutos de esos días, que finalizaron a su lado, en la terminal de buses en que aguardamos tomando mate y degustando su deliciosa comida.
Um prazer em conhece-lo!!!! Muito obrigada!!!! <3
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