Viviendo sin raíces - Origen

Nómada.
Que se desplaza de un sitio a otro sin residencia permanente. 


Son diferentes e innumerables los miles de pequeños fragmentos que conforman las marcas de un viajero. En forma de sueños se repiten por las noches, o como frecuentes ráfagas de pensamientos, que llenan de alegría y a la vez de nostalgia. Mirando a un mapa, se observan todos los lugares que quedan atrás, en miras de visitar otros. Porque no cabe duda, cada viajero sabe que llega ese día en el que debe partir. Y a pesar de que en este gremio compartimos tales particularidades, existe una discusión aún más relevante, la del origen.

El comienzo de la locura para un nómada es una bandera ondeando contra la normalidad. Se define por la creciente osadía de surfear la marea alta perteneciente a una vida convencional. A algunos se nos zafa un tornillo, dando paso al lobo errante, adicto al eterno movimiento del camino y sus posibilidades. Llevamos un fuego dentro que mantiene al espíritu libre. Y fue por aquellos días que conocí otro fuego distinto al mío. Apenas al inicio del recorrido por Sudamérica, rodeado por la invernal costa uruguaya, me topé con un viajero que sería imposible olvidar. 

Meses atrás, en Turquía, Yusuf ejercía como abogado. Se sentaba al borde de un escritorio repleto por enormes pilas de papeles. Modelaba un traje gris, desplazándose sobre zapatos perfectamente pulidos. La rutina era dramática, repetitiva, y agotadora, aliviada sólo por la llegada del fin de semana, y así el cese de parejas queriendo divorciarse. No por ello se desanimaba, creía que algún día encontraría a alguien para pasar el resto de sus años. Entretanto, estaba rodeado de decisiones como cuál apartamento rentar, qué planes tendría el sábado, o cualquier otra preocupación mundana. Sin embargo, aquella mañana llegó, cuando todo se detuvo y ya nada tenía sentido. Sin saber más que un puñado de palabras en español, Yusuf compró un vuelo hasta La Habana. Ya el resto estuvo predestinado, un par de semanas después conmovido por la sencillez y la cultura, algo era seguro... no volvería a Turquía en mucho tiempo. 

Tras esa epifanía, coincidí en Uruguay ante la visión del kurdo de mirada taciturna, y ademán soñoliento. En aquella etapa, él ya había conocido gran parte del continente. Podía conversar sobre noches en Medellín, la aburrida Buenos Aires, comida peruana, y tantos otros temas. Ahora, respecto a Uruguay, se encontraba de vuelta luego de un par de semanas en el campo, donde riachuelos corrían libres hasta las fauces de vacas, caballos y ovejas. Quizás por ello tenía esa fijación constante por no dejarse encerrar entre cuatro paredes. Su espíritu clamaba libertad para contemplar el cielo, sentir el espacio en su máxima expresión, y aislarse de la civilización, interrumpida por el verde paisaje que cultivó su alma hasta regresar a Punta del Este. 

Sin preverlo, aquel joven de contextura delgada y cabello largo terminó por inspirarme. Existía algo de filosófico en él, un grado de sabiduría incomprendida. Llevaba consigo pocos bienes materiales.  Aún así sobraba espacio para los diversos condimentos que usaba en sus recetas, o los souvenirs de varios confines del mundo. Las prendas de vestir, así como el dinero en sus bolsillos eran escasos, aunque siempre encontraba una forma de compartir. Aquella levedad de espíritu que lo distinguía, probablemente influenciada por el mate y la marihuana, sólo era acechada por el vacío que guardaba en su mente. Y es que, el desafío detrás del nomadismo lo atormentaba en las mañanas. Miraba al vacío, contemplando la idea de volver a casa. Sentía ansiedad y cansancio, hasta llegar a perder el rumbo, pero después encontraba la fuerza para continuar, y renunciar a la opción de terminar el viaje.

En aquel momento, yo no me reflejaba en ninguna de las vivencias de Yusuf. No tenía muchas historias que relatar, conocía pocos lugares, y contaba con pocas experiencias en la carretera. Por primera vez me hospedaba en casa de un extraño. Además, constantemente ocupaba la mente calculando cuánto dinero gastaba comprando lo esencial. La mochila no era parte de mí, y el camino continuaba plagado de incertidumbre. Sin embargo, pensaba que nunca me cansaría de este estilo de vida, y que jamás cultivaría esa urgencia por regresar, porque tampoco tenía a dónde volver.

Por otra parte, el origen había surgido en Brasil. Aquel fue mi primer viaje, a pocas horas de la capital de Minas Gerais. La histórica ciudad de Ouro Preto representa una mirada al pasado, un tiempo en que los portugueses dominaban el área en búsqueda del codiciado oro. Conforme fue pasando el tiempo, diversas casas comenzaron a construirse alrededor, agrupadas entre colinas y bordeadas por enormes iglesias que se repetían en todos los puntos cardinales. La energía que se sentía era única, y también irremediablemente triste por ser una ciudad manchada por traiciones, esclavitud y codicia. Durante aquellos días visité museos, me perdí entre las preciosas calles, y disfruté las cascadas cercanas. Al regresar a Belo Horizonte, los planes de repetir esa sensación de plenitud y libertad no esperarían demasiado para ser trazados. Aunque estaba sumido en la frustración y el más irritante enojo ante los problemas de convivencia que tenía en casa. Por suerte, escapar a lugares maravillosos era la única salida posible frente a una sociedad donde no sentía encajar, y tantas otras etapas que como migrante llegué a atravesar. Y aquel fin de año, el primero fuera de mi país, subí a un avión con destino a Foz de Iguaçú, cargando un atormentante peso extra a cuestas.  

Después de dos semanas de intenso peregrinaje en la triple frontera entre Paraguay, Brasil, y Argentina,  mi espíritu se sentía ligero. Todos los problemas anteriores habían desaparecido al entender que el mundo es mucho más grande que lo que nos pasa. La semilla terminó por germinar, creando un calendario donde mensualmente planificaba ir a un lugar nuevo. Mantenía el presente bajo control siempre que estuviese viajando. Así llegué hasta Angra dos Reis, Serra do Cipó, Vitória, São Thomé das Letras, Rio de Janeiro, y tantos otros sitios. Asumí esta como mi nueva normalidad, y al igual que Yusuf, estaba seguro que pasaría mucho tiempo antes de volver a echar raíces al suelo.





Fueron 24 años ajenos a la pasión desbordante por descubrir nuevos lugares. Es irónico que tras cumplir un año y medio de la primera vez que encontré el origen, esté de vuelta en él. Ya entiendo por qué Ouro Preto generó una tormenta de cambios, aunque no estoy seguro si la ciudad me reconoce, pero claro, yo sí a ella. Entre sus calles no sólo continúo paseando, también temporalmente vivo. 

En mis reflexiones sobre el pasado, debo confesar que Yusuf y yo no somos tan diferentes. Sin duda sigue siendo uno de los pocos viajeros que he admirado a lo largo de mi camino. Espero que el tiempo le regale a más personas un origen como el nuestro, para que puedan experimentar el soplo de libertad que la vida es. 

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