Historias de Hospedajes - Ciudad de México I
A lo largo de un mes y medio de estadía en la Ciudad de México, fueron muchas y diversas las historias que llegaron a sucederme. Desde divertidos hasta desconcertantes sucesos en la urbe más populosa del país, que como el resto del mundo, atravesaba un bochornoso matrimonio entre la lucha contra el COVID-19 y la idea de seguir adelante. Poco imaginaba que durante seis meses, aventurarme entre los rincones de México sería un pasaje histórico, cultural, y sobre todo, gastronómico, que habría de darme una perspectiva más amplia sobre la identidad latinoamerica, en esta, su capital, México.
Selina Downtown
Las preocupaciones migratorias estaban en su cúspide, así como las expectativas por alcanzar un glorioso hito en mi carrera como viajero, conocer México se antojaba una hazaña dulce de conquistar. Aunque no sería exactamente un tierno elixir al comienzo, por la marea negra de gastos médicos y reparaciones de equipos electrónicos, que se sumaban a los clásicos choques culturales de estar en un nuevo país, adaptarse a otra moneda y a la dinámica de la sociedad.
En el comfort del Selina Downtown, rodeado de avenidas principales, caos, y gente, se pasaron tres semanas de estadía, comenzando a finales de Noviembre de 2020. La habitación, un espacio largo con balcón y baño, que permitía un total de doce personas en literas separadas por dos columnas a cada lado del pasillo. Afortunamente, y más en aquellos tiempos, la ocupación total nunca llegó a ocurrir. Empero, las ocurrencias insólitas que aparecieron con el paso del tiempo, sólo pudieron ser posibles al combinar a un grupo de extranjeros de diferentes lugares del mundo en un área tan reducida.
Frontera, Fermentación y Espiritismo
Una constante era evidente, toparse con brasileños y ecuatorianos se convertía en moneda común. Los brazucas sufrían las restricciones de viaje de Estados Unidos, no permitiendo que ningún vuelo proveniente de Brasil entrase a territorio norteamericano. El caso de los ecuatorianos era más complejo, y es que cada uno de los que conocí ambicionaba cruzar ilegalmente la frontera gringa.
De a poco me daba cuenta de lo que significa tener a un vecino como aquel, y la forma que esto influye en las personas, definiendo motivaciones y produciendo diferentes retratos de vida. Entre estas, la más graciosa sería la de un señor que pasaba de los cuarenta años, y había decidido estar dos semanas de vacaciones en la Ciudad de México, para luego reincorporarse a su trabajo en Quito. Curiosamente, y de forma repentina, asomó la duda de qué tan sencillo sería cruzar la frontera, cuánto costaría y por dónde hacerlo, así como otros detalles. El resto fue historia, se tornó evidente su verdadera intención en el país, y por fortuna, aquel hombre duró poco tiempo con nosotros, ya que tenía un desprecio inimaginable por la higiene corporal, evitando tomar baños con frecuencia e inundando el cuarto con su olor fermentado.
Otro grupo de sudamericanos ocuparía las instalaciones, mucho más jóvenes y llenos de energía, aunque no con un plan distinto. Uno de ellos con irritante tendencia a conversar a las 6:00 am con su novia, desatando el odio de todos los que dormían en ese momento. Este personaje en particular, no sería sino el protagonista de otra escena que nos llevó a recorrer los pasillos del sexto piso del Selina, lugar en que supuestamente se sentía una energía misteriosa, gracias a eventos desafortunados del pasado. Aquel rostro, lleno de certeza y firmeza en la voz, afirmaba sentir un frío que le helaba los huesos y una pesadez en el aire al transitar aquellos rincones del piso superior, mientras todos los demás no sentíamos absolutamente nada.
El François
A pesar de que el tiempo me ha llevado a ser un reinante antisocial a la hora de compartir en hostales, entablando menor número de amistades, y aumentando el desprecio por los compañeros de cuarto, el caso de Hans no pudo sino describirse como especial. Aquel francés que pasaba de los treinta, no obstante pareciese mayor, comenzó a conversar conmigo dada la cercanía entre nuestras literas.
Hans trabajaba como trader, invirtiendo en criptomonedas y vendiéndolas a largo plazo. Era una completa incógnita cuanto dinero tendría, pero debía ser suficiente para permitirle vacaciones tan extensas. Aunque esto no era lo que lo tornaba único, sino su completa y renombrada pasión por su patrimonio, todo ese dinero que había cosechado, convirtiéndolo en el más grande tacaño que jamás haya conocido.
Desde el primer día juntos, se negaba a comer en cualquier lugar que requiriera un par de pesos extra, dedicándonos sólo a asistir a mercados populares, donde la comida era económica y la higiene dudosa. Conocía de primera mano cuáles eran los cajeros que cobraban más dinero por retirar efectivo, y estaba dispuesto a caminar kilómetros para llegar a aquel más económico. Sin hablar de esa mala costumbre por preferir comer en McDonald's y destruir su propio organismo, que pagar por unos no más saludables tacos, pero sí más ricos gastronómicamente.
En una ocasión, estuvimos caminando por una de las avenidas más lindas de la ciudad, tal vez del país. Y entrando al Bosque de Chapultepec, con su gigantesca área que permite a miles de ciudadanos hacer vida, conocimos a una mexicana muy simpática con la que entablamos conversación. Debo confesar, que esta fue mi iniciativa, producto del cansancio de convivir con extranjeros, procurando a como de lugar conseguir alguien local de quien aprender. Fue así como un tema llevó al otro y terminamos tomando un taxi hasta una conocida plaza de la ciudad. Allí habríamos de entrar a un famoso restaurante que ofrecía órdenes de tacos y cerveza.
La mirada de Hans era esquiva, intentando rehuir del compromiso y accediendo apenas a comer un taco acompañado por una cerveza, todo con la intención de pagar lo mínimo. La conversación fluía, estaba tan a gusto con la mexicana, que ambos decidimos pedir otra ronda. Al finalizar la velada, sucedió algo que yo ya anticipaba, pues ella había manifestado no tener dinero suficiente en ese momento, a lo que rápidamente propuse simplemente dividir la cuenta entre dos. Aquellos ojos clavados por la decepción, y quizás una ira reprimida se desprendían del francés frente a mi, indignado por verse obligado a pagar por nuestra recién conocida amiga.
Tras aquel episodio, Hans se dedicó a comer cacahuates y mandarinas en el almuerzo por un par de días, hasta sentir que había repuesto los gastos de mi aventura con la mexicana. Convivimos unos días más, pero por fin decidió mudarse a un hostal más económico. A mi parecer, prefería dormir en el piso antes que pagar por un ambiente razonablemente más cómodo y costoso.
Hans era un viajero extraviado, que recorría el mundo por motivos que yo desconocía. Muchas veces terminaba durante meses en un país en el que desconocía sus regiones y gastronomía. Siento que huía de Europa por algún motivo, y su relación con viajar era más pobre de lo que imaginaba. El resto de su estadía en México, que igualmente fue extensa, la pasó con una chica que terminó siendo su novia. Estaba muy emocionado, con ganas de dejar a un lado la vida de soltero, desesperado por formalizar su amor con alguien, y colgar la mochila para casarse. Desgraciadamente, supe que las cosas no funcionaron entre ellos. Dejó México sin haber recorrido mucho, aunque esto no le impidió proliferar a voces lo poco que le había gustado el país. Lamentablemente viajeros existen muchos, y buenos cada vez menos.
La máscara de la perversión
Entre tantas personas que llegué a conocer de vista y poca conversación, hubo un chico que me llamó poderosamente la atención una noche en el Selina. Era uno de estos personajes que uno piensa que se quedaron en la Edad Media, o quizás se extinguieron, pero la realidad es bastante diferente. Confieso nunca supe su nombre, sólo que venía del norte, donde según él, estaban las chicas más bellas de la república.
Este individuo de gran estatura, cuerpo delgado y estridente risa, no tenía más temas de conversación sino hablar de mujeres y toda serie de babosadas machistas. De entrada, se percibía como conversaba de chicas que había conocido en su experiencia en hostales, comentaba intimidades sobre su actual novia, y realizaba sondeos con quien estuviese conversando, sobre las personas con las que habían estado, de qué nacionalidades eran, y otros detalles. La marea de estereotipos, comentarios despreciables y actos indecentes que generaba este norteño eran casi un sacrilegio.
Sin duda, era un pervertido de primera, y a pesar de que había hablado con él sólo dos veces, estaba tan agobiado por su conducta, que pretendía cuestionarle la próxima vez si era un homosexual reprimido o si tal vez sería virgen, si buscaba aparentar algo mediante su masculinidad tóxica. Afortunadamente, esta ocasión nunca llegó, aunque si llegué a verlo fuera de la Ciudad de México, teniendo que rehuir a su presencia para evitar malos ratos. Sé que el francés lidió con él durante largas semanas después de mi, sobre todo porque vivieron juntos en otro hostal. También llegué a saber, que llegó a conclusiones peores que yo, entendiendo que la convivencia con este sujeto era inalcanzable, y que requería ayuda profesional.
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