Historias de Hospedajes - Interior de México
Como náufrago
Veracruz fue, no sin debate, el primer destino que elegí fuera de la Ciudad de México. Las restricciones de la pandemia me forzaban a girar el timón sentido contrario al que tenía pensado.
Un destino impopular, ausente en el plan de muchos turistas extranjeros. No obstante, en la mente del mexicano, Veracruz tenía que ser visitado alguna vez en la vida, por el valor histórico que encierra aquel puerto. Por esos márgenes, el país había nacido siglos atrás, con el desembarco de los españoles, que levantarían fuertes murallas para proteger contra los ataques de los grandes imperios de la época. Entre sus frías aguas, y desgastadas fachadas, se formaba un susurro de otros siglos. Una llama de calidez se esparcía, proveniente del retumbante sonido de salsa que huía de la plaza principal. Cientos de personas reunidas, de todas las edades, disfrutando del espectáculo en vivo que los grupos musicales prestaban. Era inevitable no sentirse conmovido por la alegría de los bailarines que con destreza se meneaban.
Por otra parte, la industria hotelera no era la ideal. Dividida en dos extremos, lujosos hoteles y mediocres pocilgas; un reto para el viajero que busca el gris en un mar de blanco y negro. Así que escogí algo relativamente acogedor, más similar a una especie de motel familiar con una conexión a internet sin fallas. Habitación individual, amplia cama, papel tapiz color crema, con baño incorporado y un acceso accidental a un reducido patio que jamás utilicé.
Tras varios días de estadía, me sentí como un náufrago. Las lúgubres calles del puerto, encapsuladas bajo el tenue cielo, deprimían mi estadía. El sacrificio terrenal de pagar un monto alto por un hospedaje en aquella ciudad, me recordaba lo obstinado que puedo llegar ser en mi búsqueda por la historia. Entre latas de frijoles, atún, frutas, y tostadas, se mantenía el balance nutricional diario. Aunque claro, había días de experimentar los platos típicos de la región.
Los mal bañados
Si se quiere tener cercanía con los pueblos mexicanos, Oaxaca tiene que entrar en el itinerario. El estado lo tiene todo, desde gastronomía, historia, hasta preciosas costas. Personalmente, los vibrantes colores, y sabores, me disuadieron de desplazarme a sus playas, territorio donde los turistas proliferan y la cultura se desvanece.
A pocas calles del corazón del centro, yace otra sede de hostales de Selina. Aunque a diferencia de lo acostumbrado, no tenía una cocina común, dificultando mis rutinas. No obstante, me hospedé durante una semana, en una habitación que alcancé a compartir con un máximo de dos personas. Pocas amistades relevantes surgieron, salvo una muy particular con un chico que apodé "Chilaquiles".
Su nombre no lo recuerdo, sé que era chilango (proveniente de la Ciudad de México), y que estaba en la ciudad dictando un curso de peluquería profesional. Pasaba el tiempo mayormente fuera, llegando por las noches, y mostrando al resto su falta de experiencia en hostales. Acostumbraba dejar encendida la luz de su litera y salir del cuarto, ni hablar de las constantes llamadas que realizaba a altas horas de la noche con su novia. Una relación tormentosa, al borde del precipicio, pero que luego supe tenían planes de casarse.
Pasada aquella semana, decidí cambiar de hostal. Unas calles al sur, encontré mi nuevo hogar, que desafortunadamente era otra gran pocilga. Lo primero que me impactaba al ver el cuarto, era que las literas superiores estaban deshabilitadas, y sin ningún tipo de cobertor, presentando un aspecto ruinoso. La ducha del cuarto estaba oxidada, y apenas un frágil hilo de agua helada corría por ella, permitiendo una experiencia de limpieza traumática. Tras un par de días de sufrimiento, descubrí otro baño perfectamente funcional a la mitad de un pasillo. Pero la alegría duró poco, pues después estaba trancado con llave, y me informaron que era exclusivo para uso de una habitación privada.
Mientras tanto, en mi habitación, dos alemanes que pasaban de los 50 años, formaban una pareja de amigos con un olor fétido, cuya muerte se veía venir en menos de un año. Otro chico, hospedado en otra habitación, usó la misma ropa durante toda la semana. Sin hablar de las europeas que no creían en el uso de zapatos, caminando por el hostal, y la ciudad, arrastrando sus maltratados pies. De allí surgió el término "mal bañados", que comencé a usar de forma despectiva hacia quienes me desagradasen en hostales.
Energía que debes sentir
Cuando llegué a Chiapas, sucedió como en muchos lugares, había investigado poco para no arruinarme las sorpresas del lugar. En San Cristóbal de las Casas, encontré un pequeño pueblo de peregrinaje de extranjeros y hippies. Uno de estos sitios que es aclamado por la gente, cuando en el fondo, ha perdido toda su esencia, convirtiéndose en lo que los turistas quisieron.
Allí parecía ser más común la comida internacional que la mexicana. Evidentemente, el panorama general, rodeado por restaurantes argentinos, coreanos, españoles, me generaba náuseas. Esperaba que la semana se acabara rápidamente, en aquel evidente error en mi ruta.
Durante mi estadía, a unas pocas cuadras de la plaza principal, se erigía un hostal que en fotos parecía aceptable, cuando en realidad, sería alto el costo que pagaría por la incomodidad. No más al llegar, era recibido por el encargado, que se hallaba incrédulo ante el escaso monto de mi reserva por una estadía de una semana. Esta era una situación inédita, yo sólo entraba en una aplicación, recibía un descuento y hacía una reserva. Nuestra discusión llegó a ser un altercado, y faltó poco para decir que mejor me retiraba, y reservaba en otro lugar. Pero él entendió que el número de días y el precio total tenían sentido, así que se enfrió el drama.
En la habitación, las camas eran, sin duda, las peores en las que había dormido en mi vida. Casi venían con servicio de inyección antitetánica, pues los resortes conformaban todo el lienzo de reposo del cuerpo, sonando con cada movimiento y pellizcando la piel. Cada mañana me levantaba temprano, aventándome de la litera superior, provocando un estruendo que hacía vibrar todos los fierros de la estructura.
Cada personaje que se hospedaba allí, era más extraño que el anterior. Norteamericanos que reclamaban de los inconscientes viajando en medio de la pandemia, al tiempo que ellos mismos estaban viajando. Un español que seguramente escondía atroces crímenes cometidos en Europa, y que estaba de pasada por Latinoamérica. Un chileno sin rumbo, expulsado de Australia. Y el más pintoresco, el colombiano David, que coleccionaba souvenirs penosos de cada una de sus estadías, incluyendo unas chancletas con la bandera de México, una toalla de Brasil, y demás artículos que eran la cúspide de lo cutre. David, aunque reside en Canadá, pasa mucho tiempo viajando, quien sabe con qué propósito. Aunque quedaba claro que, buscaba continuamente mimetizarse con cada extranjero que conocía, profiriendo expresiones y palabras locales de la lengua de su interlocutor. Un personaje condenado a amar un lugar como San Cristóbal, porque supuestamente tiene una energía que debes sentir.
Por suerte, no pasé gran parte de mi tiempo en el pueblo, sí logré ir a lugares espectaculares, como los Lagos de Montebello, la frontera con Guatemala, Cascadas El Chiflón, y Chamula. La belleza de Chiapas es única, así como la historia, y la cultura que encierra el estado, convirtiéndolo en uno de los territorios más preciosos que haya visto.
Osos silvestres, la muchachada, y malestar
En el medio de la selva, reposa oculta una antigua ciudad, esperando ser descubierta en las próximas décadas. Su nombre es Palenque, antigua capital maya cuyas muestras arquitectónicas serían las primeras que vería en el México maya.
Me hospedaba en un precioso hostal, rodeado por calles copadas de vibrante naturaleza. El complejo tenía tres pisos de habitaciones, enmarcado por un patio enorme, lleno de hamacas y lugares para descansar. Las habitaciones compartidas albergaban a cuatro huéspedes, en camas de madera.
Aquellos días, sin embargo, no fueron los mejores. Mi estómago estaba resentido. Sospechaba que la experiencia en Chiapas había contaminado mis entrañas, a manos de un plato típico que no debí comer. Aunque, para el momento en que vi las moscas devorando la carne, ya era demasiado tarde. También pudo ser la venganza de Moctezuma que se cobraba otra víctima, o el alto consumo de chile. Intenaba desesperadamente sanar, consumiendo probióticos, medicamentos, y una dieta ligera de pan con frutas que me sacase de la estresante situación.
Por las noches, vi de cerca la interacción de la fauna silvestre y el ser humano. Ocupadas por una francesa, y un mexicano, las literas inferiores de mi cuarto presenciaban una batalla sonora. Aquel hombre con sobrepeso, y que parecía estar hospedado hacía largo tiempo en el hostal, vociferaba ronquidos que aterrarían a un oso pardo adulto. Este estruendo no lograba por sí solo despertarme, necesitaba ayuda de la francesa, gritando en plena madrugada, sin resultado alguno, para que este hombre se callara. Y así continuó, hasta que la europea se marchó, y ya nadie quiso dormir en el cuarto, tras recibir mis advertencias de la tragedia que se presentaba cada noche.
Sucedió también un reencuentro con una pareja de argentinos que reconocí del hostal insufrible en Oaxaca. Ellos estaban gratuitamente en una habitación privada, aprovechando el vínculo cercano que tenían con el dueño de la propiedad. Aunque por mucho, lo gracioso vino después, en un episodio de robo de fichas de lavandería. Ya que al parecer, la máquina de lavar tenía una fuga de monedas, y ellos lo habían descubierto. En su afán por actuar como Robin Hood, comenzaron a correr la voz entre los huéspedes, hasta que terminaron comentando con unos trabajadores voluntarios del hostal, y la fechoría se vino abajo.
Aquella semana en Palenque se pasó dócilmente, contemplando a cada personaje que transitaba por el hostal. En las ruinas, mientras tanto, caí en un acto de inocencia y colaboración con un guía turístico que terminó cobrándome una suma alta por un tour. Desde ese entonces, rechazo la labor de estas personas, al mismo tiempo que espero haya podido alimentar a su familia con mis ofrendas.
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