Historias de Hospedajes - Yucatán y Riviera Maya

 Habanero time

Progresivamente, se fueron apilando lugares al recorrido por México. Acumulando historias y experiencias. Tras unos meses, el destino me encaminaba hasta una región que quizás figurase como el preámbulo de tantas cosas, pero sobre todo de cenotes. Estos son una especie de pozos, grandes cavernas sumergidas por el agua y alimentadas por corrientes submarinas, que se abren en medio de la naturaleza. En sus desconocidas profundidades seguramente se encuentren restos de cadáveres, aquellos de los cuerpos sacrificados en rituales mayas, pues consideraban a los cenotes como lugares sagrados. 

Con todo esto en mente, llegué a Mérida, capital del Estado de Yucatán, ciudad vibrante y bastante calurosa para aquella época del año. Un lugar deseado por muchos para vivir, súblime en materia de seguridad y cultura. De pintorescas calles y enormes iglesias (esas que fueron construidas con las piedras de los templos mayas que los españoles derribaron). 

Entre todas aquellas casas de antiguas fachadas a lo largo de las calles del centro, estaba mi hostal. Al entrar, se dividían la recepción y las habitaciones privadas, todo en torno a la sala de estar, que contaba con un sofá de frente a una televisión, y un grupo de libros. Le seguía el patio con cómodas hamacas y sillas, en medio de las piedritas que cementaban el suelo. Las puertas de dos habitaciones más permitían que seis huéspedes por cuarto se hospedaran cómodamente en un "refrescante" espacio bajo el ventilador de techo. Por otra parte, la cocina era bastante sencilla, al igual que el desayuno de dos tostadas, un huevo, mantequilla, mermelada y café.  Y ya en la parte final, el segundo patio contaba con un grupo de sillas bastante rústicas, cubiertas por sombrillas de palma, rodeadas por un bar, una limitada piscina y dos baños. Estos últimos brindaban, a pesar de la puerta polarizada, una visual bastante clara del interior del lugar cuando la puerta estaba cerrada. En alguna ocasión, noté como la chica de recepción, una rubia esbelta y alta, se acercaba demasiado a la puerta, permitiendo que quedasen pocos detalles restantes a la imaginación de quien la observaba. 

Aunque, no es esa una de las memorias más absurdas del lugar. Y es que pocos días después, un par de sementales mexicanos con sobrepeso y exceso de mal de amor — presumo — exigían drásticamente la capacidad de sus hígados, embriagándose como si no existiera un mañana. Incluso, la lluvia fue incapaz de desanirmalos, más bien la interpretaron como una señal gloriosa. Ya cuando uno de ellos más no pudo, se durmió sobre la mesa, mientras el otro seguía profanando gritos como pastor en misa de domingo. Para colmo de quienes presenciamos aquella escena, la continuación no se hizo esperar, y arribó temprano al día siguiente, consumiendo una botella tras otra. 

Mérida fue una parada divertida y enriquecedora. A lo largo de esos días, conocí a Paulina, una chilanga (originaria de la Ciudad de México), con quien haría un corto desplazamiento hasta un pueblo cercano a la ciudad. Pero también la encontraría de vuelta antes de dejar México. Aquel viaje sola a Mérida fue el primero que hacía sola, y tras un mes, descubrió que viajar también le apasiona... así nació otra nómada. También estaba Gaby, una argentina que me simpatizaba muchísimo, viajera veterana que poco después terminó estableciéndose en México de forma permanente. 

Aquellos días resultaron ser la introducción al chile habanero, una variedad conocida por su picor y un gusto particular. Diversos platos deleitaron mi paladar, desde la cochinita pibil — una forma de cocinar el cerdo bajo tierra, o en horno de tierra —, ricas aguas de chaya,  o divinos postres como las marquesitas. Al final, mi experiencia con los cenotes fue maravillosa. Sin duda son lugares magníficos, rodeados por un contexto místico e histórico, sólo hay que evitar aventarse a sus aguas desde lo alto de una piedra y abrir las piernas al caer... eso si se quiere evitar el terrible impacto del agua en los testículos. 


Valladolid y Chinches

Valladolid sería la muestra inicial de esta suerte de desprecio por lo turístico. De seguro los mayas se revolcarían en su tumba al ver en lo que convirtieron a Chichén Itzá. Cubierta por mercados de artesanías, turistas pululando con el ímpetu de capturar la belleza en sus celulares. Mientras tanto, ciudades como Palenque, igual de importantes, permanecían mucho menos visitadas por las manadas de extranjeros. Ni hablar del costo de entrada, que casi alcanzaba los 30$. 

Por tanto, Valladolid me ocupó en actividades diferentes. Gastronomía local y cenotes, cada uno diferente al anterior, plagados por aquella energía mística. No se podía esperar más de un inquietante pozo de agua cuyo fin permanecía oculto, acechado por especies marinas refugiándose en las profundidades. Los colores del agua y el escenario general parecía insólito. 

Más allá de tales encantos, el pequeño pueblo, de preciosas calles coloniales y fachadas coloridas, llenaban el alma por deseos de quedarme más y descansar. Sin embargo, el hostal fue una pesadilla en su propia categoría. Contaba con una serie de cuartos individuales, copiando el estilo de un hotel. Pero los baños, la cocina y una pequeña terraza eran compartidos. El internet caminaba a rastras, obligándome a pasar más tiempo en un acogedor café a una decena de cuadras. 

Así continuaban los días y circulaban las noches, sonidos filtrándose a través de las finas paredes. Hasta que una de aquellas madrugadas desperté sin motivo aparente, sólo para sentir algo caminando bajo las sábanas. Al encender la luz, vi aquel pequeño animalito paseándose por mi pierna derecha. Una especie de insecto que se trepaba hasta alcanzar el tobillo. Logré apartarlo y verlo morir en una pequeña gota de sangre que emanaba de él en el cesto de la basura. Tras una rápida consulta en mi celular, ya sabía que estaba ante lo peor: chinches. Aquellos despreciables seres de los que sabía por historias, pero que nunca me había encontrado. Capaces de desplazarse entre las maletas y prendas de las personas, como una plaga que migraba infestando por donde pasaba. A raíz de ello, la noche se tornó larga y extenuante, sin parar de pensar en ellos y sintiendo que otro me atacaba, sin que fuese necesariamente verdad. No obstante, capturé a un par más, y pasé las horas restantes en total zozobra. 

Al día siguiente, estaba parado en recepción comunicando el hecho, para recibir una nueva habitación donde no encontré el mismo problema, por suerte. Sin embargo, la tranquilidad no regresó.


Só falo português

Playa del Carmen, la Riviera Maya, todo el Caribe mexicano representaba un problema desde que llegué a México. Estaba más capacitado para ser astronauta que a recorrer aquella región. Era de esperarse que atravesara una semana miserable y gris en el paraíso que todos los extranjeros valoran en México, el centro de turismo más importante del país.

En mi pasada por el sitio, fui absorbiendo el calor de la costa, bajo el despiadado sol, y cubriéndome de contradicciones. Todo me resultaba plástico, artificial, ficticio, y hueco. Enormes centros comerciales, mareas de alcohol corriendo en los bares, las drogas, la fiesta y la diversión parecían ser los únicos habitantes del área. Mientras tanto, me sentaba a contemplar el mar, ejercitarme y apartarme un poco de aquel cúmulo de todo lo que detestaba, sólo para ser interrumpido por algún hombre que gritaba ofertando los tipos de drogas que vendía. 

Es gracioso como justo en Ciudad de México, pretendía empezar a viajar por la Riviera Maya, pensando en evitar las restricciones en diferentes estados del país. Claro, al gobierno jamás le convendría limitar el desmadre del Caribe, una fuente de ingresos inagotable. Ahora, la realidad del habitante del estado se reflejaba en el trabajo infantil, trata de blancas, desigualdad social; todo lo que me cubría por ese manto de desprecio hacia el lugar. 

Nuevamente aquí, reservé en otro hostal de Selina, garantizando una excelente conexión, habitaciones decentes y espacios estilosos. Aunque esta vez, juzgaba más aún bajo la misma tela a cualquier viajero. Carecía de ánimos por conocer a nadie, y así pretendí sólo hablar portugués. Lo cual no evitó que algún alemán de mi cuarto intentara decir algunas pocas palabras que sabía, y tras caer casi en lenguaje de mímicas, desistió. 

Pudo ser peor, de haber estado en Cancún, Tulum, o cualquier otro de esos puntos atractivos al turista, me hubiese sentido aún más miserable. Alguna vez, una turista sueca comenzó a conversar conmigo de sus planes, asomando un interés por visitar lugares más auténticos de la República, aún así sólo nombró destinos dentro de la propia riviera. A mis ojos se trataba de un ente perdido, intentando probar alta gastronomía en McDonald 's.

El reto de estar allí formaba parte de completar las piezas de diferentes regiones y tener una perspectiva mayor. Aunque en retrospectiva, dudo que volvería a estar en un lugar como aquel en mis siguientes viajes. 



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