Historias de Hospedajes - Interior de México II

Guadalajara

A través del recorrido por México, surgieron ciertas dudas que no siempre supe resolver. Por suerte, la de esta historia terminó bajo la mejor resolución posible. Los motivos del por qué visitar Guadalajara no siempre estuvieron presentes. Pensaba que otra ciudad de gran tamaño no tendría cómo nutrirme. Y así, tan sólo de camino al hostal veía decenas de publicidades anunciando: «Jalisco es México». Afirmación acertadísima, ya que gran parte de las tradiciones mexicanas como el mariachi, tequila, y la charerría— provienen de este estado, en cuya capital me encontraba.

Aquellas tres largas semanas, en una de las zonas más concurridas por la clase pudiente, iniciaron en un hostal que semejaba más a una casa que a pedazos se deshacía. Un escenario digno de toda suerte de personajes extremamente particulares. Uno de ello, técnico de celulares, que pasaba de los cincuenta y se arrastraba por la vida a punta de alcohol desde tempranas horas de la mañana. Nadie entendía muy bien qué le empujaba a existir todos los días. 

Por otra parte, un norteamericano que trabajaba como voluntario en la recepción. Un chico recién salido de un colegio del extremo más conservador y puritano. Tenía toda clase de ideas descabelladas, un clásico conspiranoide que soltaba principios de mecánica cuántica, metafísica, ciencias. Reafirmaba el prototipo de joven recuperado de las drogas, al borde del suicidio, y cuyos misteriosos estudios le abrieron la mente a otros rumbos. Desafortunadamente, muchos en el hostal sobre todo uno de los más atrevidos solían desafiarlo respecto a sus estrictas reglas de horarios de regreso nocturnas, o la presencia de visitantes. En algún momento, surgió una disputa bastante bochornosa, que involucró sus exigencias por apagar las luces de las áreas comunes, y que los huéspedes partieramos a nuestras habitaciones a medianoche. El pobre voluntario no hacía sino recibir puteadas, sobre quién se pensaba que era sino un pobre virgen, un boy scout que creía tener autoridad en un trabajo poco digno. 

Este hostal era un conventillo de protagonistas de la peor calaña, pero nada importaba ya, pues al poco tiempo encontraría otro lugar para hospedarme. De instalaciones mucho más prolijas, ubicado en un edificio completo de cuatro pisos más terraza. Plagado por un grupete de escépticos gringos cuyas costumbres generaban graves desconciertos. Nunca faltó aquel que caminase descalzo, para luego dejar huellas inmundas en las paredes cuando apoyaba los pies. También había un conjunto de voluntarios que se peleaban por no trabajar, constituyendo una horda de inadaptados que nunca olvidaré.

Guanajuato

Ya Guanajato pasaba por otro carril. La ciudad era fascinante como quizás no llegaré a ver ninguna otra. Lo cual explica claramente por qué es de mis favoritas. 

Ubicada en una zona de geografía accidentada, lugar de muchos cerros, atravesados por túneles y caminos que los bordean. Fachadas que desprenden múltiples colores en los diferentes niveles de la escarpada ciudad, dando cabida a un valle de casitas e iglesias. Copada por leyendas que se asoman en cada esquina. 

Según una de ellas, al subir una montaña específica, se encontraría una princesa que rogaría por que la llevasen al pie de la colina, a cambio de grandes riquezas. Tan sólo hacía advertencia que nunca debía mirar uno hacia atrás, sin importar lo que ocurriera. Así, la leyenda dice que al mirar en tal dirección, la princesa se transformaría en una horrenda serpiente. 

También se abrían los túneles bajo el Teatro Juárez, escenario de monjes que transitaban por las madrugadas. Entes en pena, provenientes del antiguo monasterio, derrumbado para construir el teatro. Vale denotar que este edificio reemplazó a un antiguo hotel que nunca llegó a prosperar, sucedían allí eventos extraños, dicho sea de paso, circunstancias misteriosas que antecedieron su construcción.

Guanajuato es sinónimo de cultura, narrada por museos y callejoneadas —recorridos realizados por músicos en trajes quijotescos, que cuentan una leyenda de forma jocosa—. Los callejones laberínticos y empedrados, las plazoletas, la arquitectura viva, todo lo que compone a la ciudad de Guanajuato traslada a las almas más artísticas a otros tiempos. 

Durante dos largas semanas pude disfrutar el panorama, hospedándome en un hostal un poco retirado del centro, a distancia prudente para caminar y contemplar. Curiosamente, a pesar de ser un establecimiento nuevo, estaba totalmente vacío, sin ningún huesped para cuando llegué. Luego pareció llenarse durante un feriado, pero no duró mucho. En una habitación de 4 camas, permanecí solo, durmiendo en dos camas diferentes, haciendo ejercicio y despreocupándome por la organización de mis cosas. Era precioso y acogedor, pero le rodeaba una órbita tétrica entre la oscuridad de sus pasillos, convirtiendo la experiencia en una constante somatización que cínicamente apreciaba, como todo masoquista y fanático de lo paranormal.

Sin sombrero, no entras!

El último punto a recorrer en el estado de Guanajuato fue San Miguel de Allende. Ganadora de diferentes premios que la situaban como uno de los destinos predilectos a conocer en México, y de los mejores lugares para vivir en el mundo.

Sin embargo, más que expectativas, cargaba con serias dudas y contradicciones. En mi visión, aquel no era más que un destino alzado en brazos por los turistas extranjeros, incapaces de ver más allá de sus narices. Un recinto de estadounidenses retirados, con infladas pensiones y el deseo por un costo de vida menor. Constantemente intentaba buscar la perdida esencia de México, que a pedazos se caía a manos de la influencia foránea. Encontrar sitios para almorzar comida mexicana resultaba desolador, se ocultaba en remotas localidades. 

Este mar de percepciones negativas cedía un poco ante la belleza. Las estrechas calles, cubiertas por flores, preciosas plazas y enormes iglesias, otorgaban un particular encanto al sitio. Los visitantes usaban sombrero, como si de un código de vestimenta explícito se tratase. Las redes sociales se inundaban por estas tendencias. Quizás la entrada a San Miguel tuviese una aduana que no permitía el ingreso sin el respectivo porte de sombrero — imaginaba—. 

Mis obstinaciones por este destino durarían poco, tan sólo estuve en dos hostales —ambos pertenecientes a la misma familia— menos de una semana. El primero, mucho más encantador y mejor diseñado, una antigua casa de dos pisos con interiores rústicos. Compartí habitación con una norteamericana que detestaba dejar el aire circular, prefiriendo morirse sofocada por el calor con las ventanas y puertas cerradas. Aquella mujer había estado un mes en México, y parecía no conocer nada de su cultura. Desgraciadamente, ya había viajado por medio mundo de la misma forma. Otra huesped era incapaz de mantener reuniones online en un tono de voz moderado, más bien parecía tener un parlante que vociferaba. 

Por suerte, el otro hostal, aunque mucho más desprolijo y poco acogedor, permitió que estuviese solo sin la necesidad de compartir una conversación con nadie.  

La última estación: Puebla

Al momento de entrar en Puebla, confieso encontrarme en un estado de profundo cansancio. Lógico, tras casi 6 meses en México, bombardeado por su cultura, gastronomía y tradiciones. No sabía drenar ese tipo de desgaste, y tampoco es que actualmente sea experto en la materia. 

Lo cierto es que Puebla me recibió de brazos abiertos en el centro de la ciudad. Allí estuvo el primer y último hospejade en México que reservé a través de Airbnb. Una habitación entera en una casa familiar, con la presencia de un grupo de hermanos diversos y amistosos. La mayor era Sadhy, quien comandaba todo el negocio de alquiler, y contaba con dotes artísticos, como el resto de la familia. Héctor, el del medio, de porte atlético gracias al pole dance y las telas acrobáticas —que desempeñaba con notoria solidez—. Y finalmente, la última, cuyo nombre no recuerdo, pero que sinceramente no olvidaré por la destreza con la que tocaba el violín, despertándome cada mañana.

Lo más divertido de esa casa de amplios balcones y techos, localizada en el centro histórico poblano, eran Pato y Mazapán. El primero, gordo y grisáceo, un pug que como cualquier otro, era mitad cerdo, mitad perro, jadeante, marcador de territorios, y bastante cariñoso. Mazapán, un gato rubio con cabellos blancos, totalmente opuesto al espécimen porcino. El cariño de este dormilón gato valía un gran esfuerzo, que a través de juegos esporádicos iba cediendo.

Me ocupé mayormente estudiando la antigua historia de luchas contra el ejército francés, invasor de estas tierras, cuyas iglesias de gruesos muros fueron capaces de proteger al ejército nacional. Grandes baluartes en la cima de montañas, insignias de la defensa ocurrida en otras épocas. Aunque también, la región es una muestra de gastronomía, como casi todo el país. Es la cuna del mole poblano, los chiles en nogada, enmoladas, y muchos más.

Aunque a veces, lo que más recuerdo de Puebla fueron los momentos que pasé con una chica que me deslumbró. Una mujer inteligente, dedicada, centrada y hermosa. Tales instantes de poca duración y mucha intensidad hicieron que la despedida fuera tediosa y amarga. Al mismo tiempo, representaban mi búsqueda de la felicidad basada en una meta, y no en una persona. Seguir viajando y creciendo desmedidamente, sin aferrarme a ninguna localidad. 

Probablemente, en otra época hubiese sentido más apego tras encontrame a alguien así.  Y aunque decidí extender mi estadía un día sólo por ella, el tiempo todo lo cambiaría, logrando que para bien o para mal, este lazo se fuese extinguiendo con el tiempo.

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